Un cigarrillo ya por la mitad, un suave jazz que manosea mis oídos, y tu constante recuerdo que aceleraba mis latidos acompañaban esa noche que sucedió lo que ya había sucedido hace mucho tiempo, pero que mis sentidos eran incapaces de aceptar.
Esa noche que me di cuenta que no me querías.
Recuerdo que en realidad pudo ser una noche cualquiera, pero yo exageré el momento como de costumbre. No había ni una estrella en el cielo, ni mucho menos alguna oscura nube, los árboles no se movían, ni siquiera el viento parecía existir, todos los vecinos dormían, solo yo parecía vivir, ni siquiera tú ya vivías. Era como si todos supieran que me había roto, todos sabían que había desaparecido, todos sabían que no me querías.
Fue difícil aceptarlo. Es como cuando un niño se da cuenta que toda su infancia o en lo que creía era una mentira: el tal "Niño Jesús" no existía, mucho menos ese despilfarrado ratón "Peréz" que se llevaba los dientes debajo de la almohada por la noche y te dejaba alguna recompensa por tal cambio, la supuesta cigüeña nunca te dejó en los brazos de tu madre y crudamente tu padre no va a regresar. Darme cuenta fue revivir mi infancia por micro-segundos, volver a sentir eso que sentí, y simplemente llorar como aquella vez que lloré. Saber que no me querías fue "como empujar a un niño de un año y medio de vida sin una maldita razón", como lo dijo en alguna canción aquel desolado rapero de mi nación.
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Aún sigo preguntándome cómo no te ganaste mínimo un Oscar o algún Globo de Oro por tal actuación. ¿Por qué seguías allí?, ¿por qué no te ibas de una vez por todas?, ¿por qué fingiste tanto tiempo?, o quizá nunca fingiste y solo era algún vendaje muy arrecho que me cubría la vista. Tal vez fui yo la que exageré todo de momento y me lancé al vacío sola sin que nadie me empujara, al fin y al cabo de eso se trata lo llamado "amor" de lanzarse al vacío y en la caída esperar que nos crezcan alas —Sí, quizá era eso, quizá siempre tuve la culpa.
Comprendí que aquellos paseos sin destino alguno más que regresar a casa, esas caricias dulcemente frías que surgían de momento, los abrazos espontáneos al saludarnos, el sexo desenfrenado que acababa con un beso, las conversaciones vacías a diario, y los "te adoro" insulsos pero adictivos que salían al despedirnos.... no fueron más que el arquetipo que mi mente imaginaba de una cuerda que de repente del cielo caería, del fundamento de una excusa para que te quedarás un poco más, o simplemente del posible fenómeno increíble que me salvaría la vida cuando estuviera a punto de caer —cuando en realidad ya estaba en el suelo hace mucho tiempo.
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Analizando aquel drama —que parecía extraído de una obra de Shakeaspeare— me puse a pensar que si todo fue una mentira, entonces ¿yo también lo era? ¿jamás existí? ¿"mi felicidad" no era más que ilusoria? ¿"mi tristeza" era una utopía? ¿nuestro "todo" era nada? Es como cuando estás soñando alguno de aquellos sueños increíbles que soñamos ocasionalmente, donde lloramos, volamos, matamos, o simplemente sucede eso que tanto anhelamos, y ya, nada más sucede, luego simplemente despertamos y nos damos cuenta que todo fue un sueño, todo era falso, ni los hechos, ni tú mismo existías, y termina siendo alguna quimera que pensamos en el día.
Sí, entonces sí, nada existió, nada pasó, todo se trataba de un sueño —me dije a mí mismo mientras en cuestión de micro-segundos ya había despertado.
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Un breve relato de la introspección que me causó medio cigarrillo, completamente de mi autoría.
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"O el pozo era muy profundo, o ella caía muy lentamente, porque mientras descendía le sobraba tiempo para mirar alrededor y preguntarse qué iría a pasar a continuación." —Alicia en el País de las Maravillas, Lewis Carroll