Desde hace años pulula en mi mente el pensamiento
de que la tragedia más parecida a la “tragedia”
es la de no tener pasiones.
No hablo de ocios vagos,
no hablo de ocios en general.
Me refiero a algo que te haga hervir.
Es un hervido como la línea del Ecuador:
intangible,
sin burbujas ni infierno.
Solo es necesario poner un poco de peso
para que flote, ¡y todos lo vean!
Ateos y cristianos, no hay distinción alguna.
Y ¡ay!, ¡cómo les compadezco!
A los que viven sin azúcar ni sal.
A los que no conocen el sentimiento.
El tobogán del arte,
el trance de la escritura,
la felicidad del arpa.
La alegría genuina del corazón,
purísima y cristalina.
Infantil, y sabia.
Sea el juego, el cálculo o el brillo
la estética o cerrar pestillos
Benditos sean siempre los actores.
Es lo más elemental de la vida.
No hay autoestima sin pasión.
No hay real gozo ni discernimiento.
Si no está esta actividad que te llena
te invito a tu propio reflejo
a observar cómo no te conoces a ti mismo.