Fotografía tomada con mi celular Samsung Galaxy J7
Viajar en Venezuela representa una loteria, creanme, por cualquier vía y de cualquier forma representa un reto a la suerte salir ileso o terminas afectado. Lidias con muchos escenarios y circunstancias como en esta ocasión que tuve que viajar de Maracaibo a Barquisimeto, y cuando todo resultaba ser mas práctico y mas rápido si optaba viajar en un carro por puesto, terminé envuelto en un episodio de Alerta Aeropuerto en vivo y directo en un punto de control de la guardia nacional venezolana, dentro de los mas de 400 kilometros que separan estas dos ciudades importantes del occidente del país.
El que madruga coge agua clara dice el refrán, pero en esta ocasión la que recogí resultó turbia hasta cierto punto. El primer reto fue zambullirme en una jungla llamada la terminal terrestre de Maracaibo, una estructura que en otrora representaba el punto de partida o destino mas importante del occidente venezolano y el oriente colombiano. Entre gritos de gallo ronco, las voces de los colectores de unidades de transporte coreaban trasnochados distintos lugares para llevar en busetas o carros de cinco puestos. Una voz gruesa dijo, - Barquisimeto, y allí me detuve, pero faltaban dos pasajeros.
El primer pasajero que ya esperaba unos minutos antes de yo haber llegado lucía con atuendo de trabajar en una hacienda, llevaba consigo unas botas de ule, de esas características para el oficio agropecuario -o de alguna actividad guerrillera o paraco-, en fin uno nunca sabe y decidí creerme aquella canción de "apariencias" que cantaba el vocalista de Guaco, Amilcar Boscán. Yo era el segundo al abordaje, luego llegó el tercero, un señor de unos 40 años que portaba solo equipaje de mano, y casi siendo las 7:30 de la mañana, llegaron dos individuos mas que solicitaron ir al mismo destino que yo. Uno vestía de jean y franela, igualmente equipaje pequeño, pero el último pasajero pintaba todo el estereotipo de, "este no me da buena espina". Así se cumplió lo esperado para el chofer, encendió su Gran Marquís y agarramos carretera.
Las predicciones y el estereotipo de aquel último pasajero comenzó a dar problemas desde la primera alcabala o punto de control de cualquier cuerpo de seguridad en los mas de 20 que existen entre Maracaibo y Barquisimeto. En unos revisión simple, - cédula en mano, en otro, - abra la maleta, en el siguiente, -háganme el favor y cada uno se me baja y pone su equipaje en esta zona para revisarlo completo. Todos estos procedimientos se alternaban en cada punto, hasta que llegó la alcabala de Jacinto Lara.
Primer error, responsabilidad del chofer, quiso aprovechar la confusión y la congestión de efectivos de la guardia abordando principalmente los camiones de carga, el chofer creyó que podía desentenderse de la tediosa revisión y al ver que ningún oficial se acercaba, enfiló la trompa del carro de nuevo con dirección a la carretera para reanudar la marcha y sonó el silbato despreciable de la voz de alto... el efectivo llegó y pidió hasta el alma, la del chofer y la nuestra también.
Versión corta del cuento, mas de una hora retenidos, el pasajero que aparentaba trabajar en una hacienda se molestó al precisar que todos los fines de semana pasaba por el mismo punto y siempre le hacían lo mismo, estampar huella dactilar para luego corroborar que estaba en regla, era colombiano naturalizado venezolano. Casi lo dejan, a mi me revisaron y al verme estampado con los logos de la institución para la cual trabajo me preguntaron si viajaba solo, lo que confirmé con un movimiento de mi cabeza en señal de afirmativo, me revisó el equipaje y sentí que conmigo cambió la actitud, tanto que al terminar la revisión me ayudó a meter mi ropa dentro de la mochila con la que viajaba. Los otros dos pasajeros pasaron igual la prueba y ya al final del tercero, el trabajador de finca aprobaba su prueba dactiloscópica.
El último pasajero no vio la luz, traía de todo en un bolso pequeño y compacto. A la revisión no se sabía como hizo para meter tres pares de zapatos entre deportivos y casuales, ropa fina y accesorios, sin embargo el mostraba apariencia desalineada. Usaba de esos jeanes pegados a las piernas -los populares tubitos-, la talla de su cintura jamás cabría en la talla del pantalón que tenía puesto no se como, y se combinaba con un suéter de estampado camuflado de mangas largas y pegado como piyamas, todo un caso de último grito de la moda underground.
Se ensañaron, jamás superó la revisión y aunque no mostraba nada que lo inculpara, su única sospecha también era ser colombiano naturalizado en mi país portando la cédula de ambas naciones, además de su pasaporte venezolano. Jamás pasó el examen dactiloscópico y la decisión fue de dimensión desconocida para él y para nosotros, porque después de estar ahí viviendo la propia incertidumbre de haber corrido la misma suerte que el infortunado pasajero, el chofer antes de partir le reclamo su pago y no le quedó mas nada que cancelar y quedarse vaya a saber hasta cuando.
No dejaron de detenernos y revisarnos en los siguientes 10 puntos mas adelante. En una de esas alcabalas cada vez mas cerca del destino anhelado, un guardia me decía con rostro descansado y frivolidad, - comprendan, venimos de permiso del fin de seman y hoy es lunes, no nos podemos descuidar porque la mierdera es para uno y no para Ustedes.
Con esa reflexión paradigmática del mundo militar que nos domina por modelo de gobierno y por ancestralidad desde que Bolívar profetizó que no bajaría tranquilo a su tumba si no veía la unión de los partidos, al Libertador se le olvidó hablar de sus colegas de armas cuando también eran la causa del bochinche de la época que hoy arrastramos hasta estos días. Podrán ser colombianos naturalizados, podremos ser lo que sea, pero definitivamente en Venezuela sigue reinando una casta militar guapa y apoyada, hasta que otro comandante mande.
Fin del Cuento