Lo primero que me agradó al llegar a Bruselas fue la animación que había en la plaza más céntrica de la ciudad, donde se celebraba (cómo no) un festival de cerveza. Las luces iluminaban de un modo muy bonito los edificios emblemáticos, que son de una arquitectura ornamentada delicadamente, con gracia y belleza.
Se presentaban ese fin de semana grupos de jazz en sitios cercanos, había una interesante programación cultural, pero sin lugar a dudas, una de las cosas que más me gustó fue la variedad de cervezas que ofrecían,
Su delicioso plato típico ("Moules et frites") es una interminable cacerola de mejillones al vapor cocidos en un caldo muy rico, acompañados de papas fritas. Un plato sencillo pero muy bueno.
Y otro apetitoso detalle de la ciudad son las innumerables tiendas de chocolates, con una variedad increíble de bombones, cada uno más impresionante que el otro.
Puedes ir probando sin cansarte uno tras otro. Noté que la ciudad tenía una población muy diversa, donde en algunas zonas predominaban los árabes, y por momentos, en ciertas calles veías sentados en los cafés solo hombres árabes, no se había ninguna mujer por ahí, lo cual me resultó desasosegante y extraño.
Pero sin duda se trata de una ciudad llena de encanto, muy paseable, con una arquitectura muy bonita y en la que una parada insoslayable es el Museo Magritte.
Uno de los artistas más interesantes del siglo XX, con una obra enigmática, colorida, de esas que estimula la imaginación de un modo muy peculiar y original.
Todas las fotos son propias.