En días recientes, bajo una borrasca, los paisajes del invierno se mostraron en todo su blanco esplendor. Ahora que ya se aproxima la primavera quise recordar esos días nublados en los que todo invita a resguardarse, a mantenerse al cálido abrigo del hogar.
Siempre es una estación que me hace pensar en las intensas historias de Dostoievski, ese ruso genial con el que vivimos tantas experiencias profundas, al lado del atormentado Raskolnikov de "Crimen y castigo" o de los complejos hermanos Karamazov.
Pero también Hoffmann con sus personajes lúgubres y tenebrosos, dentro de narraciones plagadas de fantasía, que atraviesan las casi siempre frías calles alemanas. Y así también los pobres personajes de Dickens, que deben enfrentar todo tipo de vicisitudes por la urbe londinense o los trágicos de Victor Hugo que deambulan por los recovecos de París.
Tantos lugares en los que el invierno supone una estación de frío, niebla, oscuridad, lluvia. Un pensamiento que me asaltaba con frecuencia en esos días era el de que ser pobre en un lugar con cuatro estaciones, era ser mucho más pobre que en un país tropical. Porque el buen tiempo es un rasero social fantástico que podemos disfrutar todos por igual, ricos y pobres. Pero el invierno, sin calefacción y sin abrigo, es algo muy duro de afrontar.
Las fotos que hice durante ese temporal a lo mejor no consiguen expresar el frío polar de esos días, en los que andar por la calle era una verdadera tortura, por algo dicen que el invierno es una estación ideal para el estudio y el recogimiento, para la aventura intelectual entre cuatro paredes bien caldeadas.
Pero viendo las imágenes, bajo abrigo, la belleza de estos paisajes se despliega ante mis ojos de un modo total y absoluto.