Había hecho un largo trayecto antes de detenerse en esa rama. Miraba con curiosidad el paisaje de esa casa, que tantas familias había visto pasar por sus patios y por sus jardines.
Él era el joven vástago de una familia de pájaros, y siempre, desde muy pequeño, sus padres le había hablado de ese lugar. De lo felices que habían sido en esos árboles amigables y cálidos.
Por eso, apenas tuvo edad para surcar libre los aires, decidió emprender el largo viaje. No importaban los mares que habría que cruzar, ni las ciudades por las que debía avanzar con cautela, porque le habían advertido de los que cazaban a los pájaros para encerrarlos y venderlos.
Él no estaba dispuesto a sacrificar su libertad, tenía alas para recorrer raudo los cielos, y su más grande ambición era conocer muchos horizontes y paisajes.
Pero de todos, ese había sido el primero que se propuso explorar. Y ahora estaba ahí, orgulloso luciendo su plumaje de pintas negras y blancas, su sombrero rojo.
Descansaba por fin entre esos árboles añorados por sus ancestros, y sólo quería estar así, posado tranquilamente sobre la rama mientras el sol se filtraba entre el follaje, acariciando su cuerpo viajero.