He estado pensando durante un tiempo si escribir este post o no. En otra publicación ya hablé sobre mi primer tatuaje y la historia detrás de él, y ese es mi tatuaje favorito por los momentos; tuve una grata experiencia con la tatuadora, se curó muy bien y 5 años después continúa viéndose hermoso. El año pasado me tocó vivir la experiencia opuesta cuando decidí realizarme mi segundo tatuaje.
A diferencia del otro, este no esconde una historia: simplemente amo los colibríes y la técnica de acuarela en los tatuajes, por lo que quise hacerme este diseño. Antes que nada, quiero aclarar que respeto el trabajo del tatuador y creo que sus trabajos son estupendos, por eso decidí ir con él. Sin embargo, su trato hacia mí como cliente dejó mucho que desear.
Curé este tatuaje igual que el primero, con la diferencia de utilizar una crema distinta (Beducen en lugar de Bacitracina, ya que en Venezuela esta es muy difícil -o imposible- de conseguir) siguiendo el consejo de muchas otras personas que se curaron sus tatuajes con esta crema. Como sabemos, cada organismo es distinto y aunque en los demás funcionó, puede que esta no haya sido buena para mí ya que, como me explicaron otros tatuadores, esta crema hace que coagules rápido, por lo que se forma costra. Cuando se forma costra, sabemos lo que ocurre: se cae la tinta.
Si el problema hubiera quedado allí, no importaría tanto, un tatuaje siempre puede retocarse y no es nada del otro mundo que se caiga algo de tinta.
Pero esto no fue todo. Mi piel se encontraba muy lastimada (más de lo debido, ya que sabemos que el tatuaje es una herida de por sí) y, además de la costra, se veían pequeñas aberturas en mi piel en el delineado del tatuaje.
Al pasar los días noté que el tatuaje se ponía peor, y todas las personas a las que acudía me brindaban una opinión distinta. Por supuesto, a la primera persona que acudí fue al tatuador, pero desde la primera vez que le plantée que se me había formado costra (no lo hice de una forma grosera ni reclamándole, sólo pidiéndole consejo) reaccionó a la defensiva y en seguida me dijo que era mi culpa por como estaba cuidándolo, me hizo unas recomendaciones y no vi mejora con estas.
Presa de mi ansiedad, le envié fotos como esta y su "diagnóstico" inmediato fue que el tatuaje estaba infectado. Se me encendieron las alarmas y fui al dermatólogo cuanto antes. El médico me dijo que el tatuaje no estaba infectado; sin embargo, tenía una inflamación considerable producto del maltrato excesivo hacia mi piel, dijo que mis heridas eran equivalentes a quemaduras. Es decir, hubo un maltrato mayor del debido a mi piel, y eso causó las complicaciones en la cicatrización.
Como resultaba evidente que el tatuador no me calmaba ni me daba recomendaciones acertadas (al contrario, hizo que me alarmara enormemente), no le consulté más. Tomé el antiinflamatorio que me recetó el médico y las pomadas que me indicó. Con el paso de los días la mejora fue notable.
Ya después de un mes y cuando toda la costra cayó, mi piel se estaba regenerando y mostró lo que hoy en día continúa siendo mi tatuaje: una cicatriz. No sólo se le cayó parte de la tinta, lo cual es lógico por la formación de la costra y es lo de menos, sino que me quedó una cicatriz.
A estas alturas, decidí confrontar al tatuador porque el maltrato en la piel había sido evidente y eso era su responsabilidad. Su respuesta fue: "No vale chama, fundiste. Yo tatúo todos los días y no pasa eso, qué habrás hecho con eso".
Le dejé muy claro que, a pesar de tatuar todos los días, un tatuador no está exento de cometer un error, de calibrar mal su máquina, de afincarse demasiado en la piel, etc. Pero cuando esto sucede debe admitir su error, así como yo admito que la crema que utilicé puede que no fuera la más acertada para mí, pero esto no fue lo que me causó las cicatrices; su trabajo sí.
Gracias a los cuidados que le di, no hubo mayores complicaciones y el tatuaje curó bien, a pesar de que me quedó la cicatriz. He consultado con varios tatuadores (como la maravillosa y talentosa Esther Finlayson, quien amablemente respondió un correo donde le relaté mi historia y le pedí recomendaciones) y la conclusión que me han dicho es que el exceso de maltrato fue lo que causó el daño en la piel.
Desde entonces, no odio mi tatuaje ni me arrepiento de habérmelo hecho, pero siento una gran frustración cuando pienso en este asunto, y lamentablemente siento mi confianza quebrantada. Quedé con miedo de volverme a tatuar o de retocarme este mismo tatuaje. Asumo que la sensación pasará con el tiempo, y me aseguraré de encontrar a un artista con la paciencia y la habilidad necesarias.
Mi mensaje hacia las personas que desean tatuarse es: investiguen muy bien al artista con el cual desean tatuarse, revisen su trabajo y si es posible contacten a sus clientes para saber cómo ha sido su experiencia durante la realización del tatuaje y de forma posterior. Investiguen muy bien los métodos que usarán y los medicamentos que aplicarán para la cicatrización de su tatuaje.
Y, sobre todo, mi mensaje hacia los tatuadores: sean humanos, sean gentiles hacia sus lienzos. Estas personas tienen una ilusión cuando se tatúan, y al tratarse de su cuerpo pueden ponerse muy nerviosos si algo sale mal, se trata de su salud. Sean comprensivos y tengan paciencia; si hubo un error de parte de ustedes, admítanlo. Si el error es del cliente, díganlo, pero no lo señalen con el dedo ni les echen toda la culpa de buenas a primeras. No den diagnósticos sólo viendo una foto y no hagan que alguien llegue al tope de su ansiedad diciéndole que su tatuaje está infectado sin haberlo revisado bien.
En fin, traten a sus clientes como a ustedes les gustaría ser tratados.