Al igual que mi post sobre el consentimiento, escribo esta publicación motivada por la cantidad de comentarios en redes sociales (y en las conversaciones del día a día con personas cercanas) en los que se "suaviza" la gravedad del acoso callejero con el término "piropo", el cual francamente detesto.
El acoso callejero no es agradable para las mujeres; todo lo contrario, nos hace sentir humilladas, intimidadas y agredidas. Es realmente aterrador que un extraño se aproxime (muchas veces a muy poca distanca, irrespetando tu espacio personal) a decirte obscenidades. Muchos buscan romantizar esta agresión diciendo que "lo hacen con intención de que las mujeres se sientan bonitas", o que "un halago no le hace daño a nadie".
La cuestión es ¿por qué una mujer debería sentirse agradecida al saber que una persona extraña la considera atractiva? ¿Es esta la única forma de que ella se sienta bella? La respuesta es: no. Las mujeres no se maquillan y visten de cierta forma esperando ser víctimas de montones de hombres en la calle que las harán sentir como un pedazo de carne ambulante.
Puede hablarse de piropo o halago cuando un conocido, compañero de trabajo, amigo, familiar o pareja realiza un cumplido con respeto; pero que un extraño venga a emitir opiniones sobre nuestro cuerpo o aspecto no es halagador en absoluto.
La razón es simple. Los hombres que realizan el acoso no buscan que la mujer se sienta hermosa, simplemente buscan demostrar su dominación sobre ella. Sienten que pueden ver a una mujer atractiva y decirle "Mami, eso sí está rico"; o que pueden acercarse a ella y violentar su espacio personal para "lanzarles" un beso o, en el peor de los casos, tocarlas sin su consentimiento. La línea entre el acoso callejero y el abuso sexual o la violación es, entonces, muy estrecha; uno puede pasar al otro en un abrir y cerrar de ojos.
Como consecuencia a estas agresiones, las mujeres sienten impotencia, rabia, humillación, indignación y, sobre todo, miedo. En muchos casos, optamos por ignorar a los acosadores o paralizarnos frente a sus acciones, ya que no sabremos cómo reaccionarán si nos defendemos; les doy un ejemplo con una anécdota personal:
Un día me encontraba regresando del trabajo, cuando un sujeto se me aproximó a escasos centímetros de mi rostro y me "tiró" un beso. Fue tan desagradable que casi pude sentirlo sobre mi piel. Mi reacción fue inmediata, prácticamente un reflejo, y le dije "¡Imbécil!". El individuo, aparentemente indignado, comenzó a gritarme "¿Cómo me dijiste?" y empezó a perseguirme por la calle. Aterrada, aceleré el paso todo lo que pude, rodeada de gente que no intervino en ningún momento mientras aquel hombre me pisaba los talones. No volteé la mirada. Lo podía escuchar de lejos "¿Cómo fue que me dijiste? '¿Imbécil?' ¡Deja que te agarre para que veas!". Y mientras el corazón me latía a mil, finalmente pude perderlo a pocos pasos de mi casa.
No sólo nos acosan, también se molestan si tenemos la osadía de defendernos, y nos castigarán por ello. El acoso callejero es sólo un engranaje más que compone la cultura de la violación; dejemos de verlo como algo "normal" o "aceptable". Tampoco es justificable de ninguna forma, sin importar qué lleve puesto la mujer, por dónde camine o si va sola o acompañada. Exigimos respeto como seres humanos.
Afortunadamente en algunos países como Chile, el acoso callejero es penado por la ley... Esperemos que esto se expanda al resto del mundo.