Y fue en ese bendito instante donde agradecí a la vida por darme una eterna alegría.
Y es que ver el cabello de mi madre dar lucha contra el viento y mi padre presagiando cada destello que su risa enardecía, ella se sentía como una reina, él la miraba mucho más que eso.
La lejanía me aparta de esos momentos, pero el recuerdo me vuelve a ella, me regresa a mi madre. Tengo miedo porque solo me queda el olor de su fragancia que ya está a pasos de arrancarse de mi olfato, por los miles de kilómetros y días sin su presencia y ese inigualable olor de su amor tan puro.
También tengo la vanidad de exaltar a mi otra mitad, que por cierto lleva mi mismo apellido y mis mismas amarguras, amarguras que solo quedaban en instantes de furia, pero que me recalcaban la belleza de tener mi misma sangre.
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