Partiendo de una antigua doctrina presocrática, que establece que el amor y el odio son fuerzas físicas, se creía que la vida misma no sería posible sin una relación equilibrada de estas dos magnitudes. Empédocles, quien fue el procreador de esta teoría, defendía que, en sus orígenes, el mundo era un lugar gobernado por el odio (la fuerza que separa) y, por lo tanto, el planeta era deforme, Los elementos se encontraban dispersos y no era posible la existencia de la vida. Solo cuando el amor (la fuerza que une) apareció, inició el proceso de unión, que dio pie la formación de nuevos elementos, partiendo de la atracción entre los átomos. Fue así como el oxígeno y el hidrógeno formaron los ríos y los mares, y en ese caldo primitivo empezaba a cocinarse la variada y compleja vida, que conocemos hoy en día. El mundo se hizo esférico, porque entre otras formas de volúmenes, es la esfera la que goza de la mayor compactación y los fenómenos y deformaciones se explicaron como partes que aún no habían terminado de homogenizarse.
Esta teoría no carga ninguna connotación moral: Odio y amor son meras fuerzas físicas. Por eso, no se aplica a las relaciones interpersonales, pero ¿Qué tan descabellado sería elaborar una nueva partiendo del mismo principio? Definamos amor como el conjunto de factores que tienden a unir a dos personas: Detalles, risas, sexo, atractivo físico, etc. Y el odio sería el conjunto de factores que tienden a separarlos: Malos hábitos, falta de humor, desconfianza, problemas financieros, entre otros. Según nuestra base, No podría existir dicha unión cuando predominen los elementos relacionados al odio. De igual manera, la única existencia del amor podría juntar a dos individuos, pero sería una relación en punto muerto, es decir, ¿Cómo podría evolucionar si carece de todo componente negativo que añada dinamismo? ¿Cómo puedes estar seguro de que quieres estar con esa persona, si no conoces su peor lado?
La correlación equilibrada de odio y amor, por otra parte, no solo tiene el poder de unir a dos personas, sino que también, es la forma más sincera y sólida, compacta y homogénea, dinámica e intrigante que pueda tener una relación. Solo en ese punto, habiendo hecho un balance de lo positivo y lo negativo, se puede hablar de una evolución real, ya sea que esta implique una mayor compenetración sentimental o la separación.
Viendo las cosas de ese modo, parece muy sencillo entender la mecánica de una relación, pero al igual que en la física básica, estamos resolviendo ejercicios sin tomar en cuenta otra gran cantidad de factores que son tan determinantes como el principio fundamental y que pueden derivar en fenómenos inesperados.
Esto lo podemos ver claramente en una piedra que se deja caer libremente. Sin influencias de otros factores, caerá en el punto que se ha marcado, pero ¿Y si la piedra es plana, si hay viento y si los otros puntos de aterrizaje son más hostiles a medida que se alejan del predeterminado?
Nuestra piedra, en este caso, representa una relación sentimental y su grado de esfericidad estará directamente relacionado con los niveles de odio y amor que la compacten o que la deformen. La altura de la que se deja caer la piedra es equivalente al tiempo que dura la relación. La velocidad del viento es el grado de incertidumbre que obliga a la relación a desviarse de su trayectoria inicial.
Dicho esto, no hace falta ser matemáticos para deducir que una relación no esférica, influenciada constantemente por la incertidumbre y que tarda más de lo debido en tocar el suelo, automáticamente se convierte en algo tóxico y entre más se prolongue su caída, peor será el aterrizaje.
Ahora puedo ver que era esto lo que ella intentaba decirme, pero nunca le hice caso, hasta que ya fue demasiado tarde.