De entre los felices recuerdos de mi infancia destaco la presencia de mamá.
Nada que diga podrá describir cómo llenó mi infancia de imágenes, de recuerdos, de sonrisas perennes que duran y brillan hasta el sol de hoy.
Mamá era una gran narradora. No recuerdo haberme dormido, durante mi infancia, sin que mamá nos contara a mis hermanos y a mí, un cuento de buenas noches.
Su misma madre era motivo de sus relatos, tal como ella lo es ahora de los míos, de tal manera que muchos recuerdos de mi infancia tienen el tinte de la de mi mamá.
Trataré de transmitirles una historia que ocurrió en el escenario de una Cumaná que vivía aún en el aura de las comunidades iniciales, donde ni siquiera se pensaba en cercar los patios.
La lora de Felicita Castro
Mamá fue criada por su abuela paterna, Felícita, matrona de los Castro, conocida familia cumanesa de mediados del siglo XIX. En esa época marcada, por el comportamiento patriarcal, el papel de las mujeres estaba ceñido al resguardo de la familia y la casa, por lo que la diversión cotidiana de mujeres y niñas estaba mayormente circunscrita al patio.
El patio donde transcurrió la infancia de mamá era uno muy cercano a las riberas del río manzanares, lleno de frondosos árboles: tamarindos, plátanos, guayabos...
En ese patio Felícita Castro había criado a una lora que se convirtió, con el tiempo, en motivo de asombro de propios y extraños. La lora acompañaba a Felícita adonde quiera que esta iba y participaba de sus aficiones como un miembro más de la familia.
Sin mucho esfuerzo la lora aprendió a hablar y desarrolló una compenetración total con su dueña, de tal manera que la acompañaba cantando, mientras ella, entre risas por las ocurrencias de la lora, lavaba su ropa.
También anunciaba las visitas con su voz metálica y frases repetidas: Felícita Castro, mujer, llegó Carmita. Felícita Castro, mujer, llegó Carmita. Felícita Castro, mujer, llegó Carmita... Y podía seguir repitiendo la frase si Felicita no invitaba a pasar a quien llegaba.
-Pasa adelante, Carmita -decía la dueña de casa.
La lora repetía entonces:
──Pasa, Carmita. Pasa Carmita.
Petra, que así se llamaba la lora, era un ejemplar muy hermoso, de un plumaje colorido. Amarillos, anaranjados, rojos y azules convivían con las verdes plumas, características de la especie. Después de que creció, Felícita nunca más cortó sus alas, por lo que al llegar la tarde Petra volaba a la copa de una ceiba y de allí bajaba en las mañanas, cuando su dueña cruzaba el umbral de la puerta del patio.
Entre los Castro surgió un bachiller que le enseñó a Petra a saludarlo en francés:
──Bonjuor, Rafael. Au revoir, Rafael.
Lo cierto del caso es que Petra fue ganando fama de prodigio.
Una tarde, al llegar de un entierro, Felícita no escuchó a la lora.
No había señales de violencia, nada más faltaba. La misma mujer dio el dictamen con profunda tristeza:
──¡Me robaron mi lora!
Los días subsiguientes fueron duros para la familia y para los vecinos. La cuadra entera estaba acostumbrada a saludar y a ser saludados por la lora. Un silencio notable ocupó el espacio del cotorreo de Petra.
Contaba mamá que estaba muy pequeña cuando llegó la noticia de que habían visto a la lora, con las plumas cortadas y encerrada en una jaula en una casa de El Salado, a la orilla de la playa.
La noticia la trajo María de los Santos, quien acostumbraba caminar la ciudad de largo a largo trayendo y llevando mercancías.
Como es de suponer, Felicita no lo pensó dos veces antes de ir a buscar a su mascota.
Se hizo acompañar de María de los Santos, como testigo y también de un militar Se aparecieron en la vivienda señalada.
Eran las cuatro de la tarde cuando llegaron a la casa. Preguntaron por los dueños, explicó el militar el caso y pidió entrar a revisar la casa.
Ante la inicial renuencia de los dueños Felícita lanzó un grito:
-Petra, Petra…
Mamá contaba que su abuela impostaba la voz como la de la lora cuando se dirigía a ella.
No tuvieron que esperar mucho. Desde adentro sonó potente la respuesta:
-¡Felícita Castro, mujer, qué de tiempos! Pasa Felícita. Pasa Felícita. Pasa Felícita.