San Valentín, Día de los Enamorados y la Amistad. Todos buscamos la compañía de una persona especial con quien compartir un momento agradable, con quien olvidar por un momento nuestros problemas, disfrutar de la mutua compañía y ser felices.
Los que tienen pareja, buscan compartir con ella, regalarle un detalle, complacerla y hacerla feliz; reavivar el fuego de la pasión, usar esa ropita sexy que tienen por ahí esperando por un día especial.
O quizás, para aquellos que recién conocen a sus parejas, es momento para dar un paso adelante, mirarle a los ojos y decir las cosas que aún no se atreven, robar ese beso que podría ser el inicio del amor.
Para otros como yo, es un día normal. En cierta manera, es incluso peor que un día normal. Verán, soy un solitario empedernido, un gruñón que huye al amor o al triste sustituto que nos quieren vender en fechas como hoy.
Pero también tengo sentimientos. Mi problema no es que sea un solitario por elección, sé que no soy fácil de tratar y además, el cariño no nace en mí tan fácilmente. Quizás sea cinismo o una excesiva sinceridad.
¿Saben? A veces envidio la facilidad con que la gente dice “Te amo”. Siendo honesto, me cuesta sentir esas cosas y cuando las siento, las siento por personas que no me corresponden. Si, lo sé, es patético.
Por eso, me quedo con la segunda parte del día. La amistad. De hecho, creo que el amor no es más que una amistad profunda que además, trae incluida una parte muy entretenida, la intimidad.
Entonces, a falta de una pareja aprovecho para expresar mi amistad a aquellos que considero amigos, esos que están contigo en las buenas y en las malas, los que me apoyan y se alegran con mis éxitos, los que me ayudan cuando las cosas van mal y me prestan su fuerza para levantarme cuando estoy en el piso.
Muchos ya no están, la distancia ha debilitado el vínculo, pero aún los recuerdo y los mantengo en la más alta estima; pero eso está bien, les deseo lo mejor y mucho éxito en los caminos que eligieron para sus vidas. Pero basta de quejas, no es mi intención hacer una publicación lacrimosa para dar lastima ni mucho menos. Así como algunos se fueron, otros llegaron.
De hecho, creo que hace poco conocí a quien puedo considerar el mejor amigo que puedo tener. No se lo he dicho, ni él a mí. Somos amigos, no necesitamos darnos abrazos ni decirnos ese tipo de cosas porque lo sabemos. Porque la amistad es eso; estar ahí, ayudarse, compartir cosas, irse de tragos, cuidarse cuando se emborrachan y luego burlarse de las cosas que hicieron ebrios, decirse claramente cuando se equivocan; en fin, ser honestos y sinceros.
A riesgo de parecer cursi y sabiendo que se burlaría de mi, decidí hacerle un regalo. Un simple detalle. Pensé que quizás incluso pasaría desapercibido, pero la intención es lo que cuenta, ¿cierto?
Así que fui y conseguí algo especial, nada excesivo. Compré algo sabroso de comer porque pensé que le gustaría. No lo envolví, porque me ganaría su burla. Ya me lo imaginaba diciéndome algo como:
Creo que te equivocas, no me gustan los hombres, pensé que tus gustos eran normales. Con razón querías que bebiera tanto aquel día
Como sea, compré el regalo y lo llamé para entregárselo. No contestaba. Lo busqué, nada. Me preocupé, duerme hasta muy tarde y estaba seguro que lo encontraría a esa hora. Seguí buscándolo. Nada.
Me fui muy preocupado. ¿Dónde estaría? Pero no pude irme, me parecía extraño y a la vez, preocupante. Entonces, volví, qui´zas estuviera enfermo, me costaba creer que no estuviera a esa hora, posiblemente estuviera acostado, durmiendo o enfermo.
O quizás se estuviera escondiendo. ¿Quién sabe? Decidí buscarlo en silencio, dudaba que hubiera salido tan temprano. Y al final lo encontré. No me vio, no le dije nada, pero esta vez me tocó a mí hacerle la maldad.
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