La equivocación reciente de la periodista Sasha López, periodista de espectáculos de Globovisión, para narrar la noticia sobre el homenaje que se le rendirá al maestro José Antonio Abreu, creador del Sistema de Orquestas y Coros Infantiles y Juveniles de Venezuela, mejor conocida como El Sistema, trajo varios debates y discusiones en redes sociales, grupos de Whatsapp y conversaciones fuera de línea.
Unos apuntan hacia la falta de capacidad para improvisar (mejorable con experiencia y/o radio, comprensible además si hablamos de equivocarse), otros señalan las fallas de producción (cortinas, prompter y producción) y otros se alertan por la abundancia de burlas e insultos, especialmente en IG, la red social de la farándula por excelencia.
A mí me recordó a varios alumnos de la universidad, que confundían el "faránduleo" con la carrera de Comunicación Social o querer convertirse en animadoras/es, modelos o locutores/as juveniles gracias o por medio de la universidad, en lugar de estudiar directamente teatro, locución o modelaje. Un lugar común que se estrella con que no hay muchos empleos en productoras audiovisuales, agencias publicitarias o boutiques creativas sino en periódicos.
Recuerdo que una vez uno se excusó en decirme que no le interesaba la política ni la economía porque él haría de espectáculos. Le pregunté cuál era el más reciente disco de Björk o quién era Guillermo del Toro. Sí, muy rebuscado. Nombre un artista argentino... diez minutos después, tampoco ninguno en el salón pudo. Nada, olvídate de Cerati, Soda Stereo, Los Pericos o Los Fabulosos Cadillacs, menos de Jorge Luis Borges o Ricardo Darín... ni siquiera pensaron en Carlos Gardel (ni reconocieron a ninguno cuando los nombré). Una alumna soltó un tal Axel, que al parecer canta pop o reggeatón... no supo decir.
Así que abrí un hilo de Twitter que voy a reproducir aquí textualmente para extender un poco más mis apreciaciones.
Llaman periodismo de espectáculos pero es realmente de farándula. Missólogos/as que no saben de cine nacional sino sólo de telenovelas, pronuncian terriblemente el inglés que insisten en machacar a diario y presentan información de arte y cultura como nota ligera.
En lo personal me ha dolido que llamaran radiohit a Radiohead, omitan reseñar música contemporánea que no sea tropical o pop y que se reseñara la gira final de Elton John y no la de Slayer. Al periodismo cultural le falta espacio. Al de espectáculo, diversidad y conocimiento.
Mucho más escasa la cobertura de temas literarios o artes plásticas sin que se enfoque en periodismo de sociales o moda. Preguntarle al cultor o artista sobre su estilo de vestir, patrocinantes o famosos que acompañen lanzamientos. Ni hablar del lugar común del "talento local".
¿Por qué además la periodista de espectáculo tiene que tener una pinta más sexy o fashionista que sus compañeros/as de estudio? ¿Hay que insistir en el prejuicio de la tonta bella o de la Miss que entra sin haberse formado? ¿Porqué lo bello es solo el estereotipo?
Y esto coincide con el reciente escándalo de las misses que se involucraron con quienes desfalcaron Venezuela mediante la corrupción de los ingresos petroleros, así como la guerra de insultos en IG, que nos hace pensar algo que parecía obvio: los concursos de belleza donde se califican a las mujeres (u hombres) exclusivamente por sus atributos físicos de forma estereotipada y comercial, con exigencias costosísimas de vestuario, estética y preparación, sin ningún control de las fuentes de financiamiento, iba a dejar la puerta abierta para patrocinantes poco honestos. Ya había pasado además en muchos otros países y concursos menos conocidos...
Es un mal generalizado. En las radios juveniles sobran los jefes entregan el micrófono a personas sin la suficiente formación ética, lingüística y profesional para la creación y difusión de contenidos. Entonces suceden cosas como las que escuchó @Aruska hace un par de días, cuando una joven leyó muy mal una noticia al aire en una emisora de Maracay: dijo José Abreu, omitiendo el Antonio, y apenas supo balbucear que fue maestro de Gustavo Dudamel y Huascar Barradas. Su compañero dijo, sin ninguna pena: oye, no lo sabía. Felicitaciones, jefes, sus locutores ni siquiera leen -¿media hora antes?- sobre música y espectáculos a pesar que tienen años dedicándose a hablar sobre esto al aire. Ya tenemos Chuniors millenials.
Este mal refleja por supuesto un problema que viene de la sociedad. No es un claustro profesional. Es otro síntoma de ese mal de la omnipresencia de la música tropical bailable: la he escuchado en restaurantes de sushi, en autobuses estatales y en consultorios médicos. No importa que usted quiera hacer la digestión, elegir un nuevo par de pantalones, comprar un regalo para un niño, revisarse un dolor o comprar un seguro: mami, perrea, vamos, muévalo. Esa uniformidad hace que en Venezuela sea raro cualquier pequeña diferencia: ser vegetariano, budista, rockero, bibliotecólogo, cientifico, indígena, persona con discapacidad, poeta o albino. Las preguntas, lugares comunes y miedo a lo desconocido están a la orden del día.
Así que como con el periodismo en general, nos hace falta diversidad, conocimiento y amplitud. Citar a más mujeres (y no sólo como amas de casa o líderes comunitarias) y jóvenes (no de forma utilitaria), opiniones de ONG en temas de discusión general, apostar por minorías que no tienen el mismo acceso a los medios de comunicación, investigadores universitarios y no siempre los expertos de siempre, e incluso proponer debate incómodos o molestos como la pena de muerte y la rehabilitación de delincuentes, los Derechos Humanos (hasta de los más infames), la interrupción voluntaria del embarazo, el matrimonio igualitario, los derechos de los pueblos indígenas sobre espacios naturales aunque tengan recursos minerales o hidrocarburos, la opinión de los niños y los abuelos (de nuevo, no para usarlos en temas etarios sino generales, no sólo son escolares y pensionados).