—Yo creo que, de mí, puede usted fiarse; le he dado pruebas sobradas de que, lo que digo, lo cumplo; pero ha de darme algo de tiempo para averiguar qué profesores andan interesados en El Baco.
—Nunca “tuve” puesta en duda su palabra, y, aunque es a lo que estoy acostumbrado, no le “tengo” obligado a sellar nada con su firma —sonrió el notario.
—Lo único que siento es que tiene que permanecer en este hotel tan caro otro día más —se liaron José Arias y Antonio Marculeta y como resultado le salió esta incongruencia.
—A veces me desconcierta usted: antes me“tenía”atribuidas riquezas inconmensurables y ahora me tiene conmiseración por una “fatura” pequeñita —volvió a reírse—; me quedaré en Málaga el tiempo que sea necesario.
—Pues mañana volvemos a vernos aquí mismo.
—Lo estaré esperando, don José.
—Hasta mañana.
El Vasco salía del hotel recordando las recomendaciones que le dio su padre, de no decir nada a nadie; y se arrepentía tarde de haber faltado a tantos secretos que guardaba: primero con Eva; después, aunque de manera indirecta, con Pablo y Leo; especialmente con Loli; y ahora con el notario. Ya no sabía quién de sí mismo había sido traicionado. Por algún detalle de la última conversación en el bar, en presencia de Nachi, cuya había sido la voz cantante, coligió que ésta sabía perfectamente cuáles eran los profesores interesados en El Baco; y si lo sabía Nachi no sería extraño que lo supiera media España; por eso desistió de llevar a cabo el plan que se le había pasado por la cabeza: ya que Nachi se le insinuaba a cada momento que podía, olvidarse de Darío, y, si fuera preciso, sonsacarle a Nachi, incluso en la intimidad de la alcoba, no habiéndolo averiguado antes, quiénes de los compañeros andaban tras El Baco, con qué fundamentos y con qué pretensiones.
Nada fue necesario. Todo resultó, por una vez, más sencillo que lo tortuosa que había llegado a ser cualquier averiguación al respecto, pues llamó a Clara a su casa, y, como su hermano le dijo dónde se encontraba, salió el Vasco disparado hacia la discoteca “Piper’s” de Torremolinos, donde, entre el humo y las luces psicodélicas, Clara le reveló que Damián tenía copia del cuaderno en su trabajo de Historia. A codazos salía el Vasco de la discoteca abarrotada. Leo le dijo a Clara parando las caderas: «definitivamente, este tío está pirao»; y siguieron sudando.
El Vasco anduvo buscando denodadamente a Damián sin éxito, por lo que, desinflado, esperó a reunirse con él al día siguiente en el instituto. Durante la noche, se levantó varias veces; no dormía más que a intervalos cortos; y el dolor de estómago se le agudizaba hasta que se estabilizó amplio y sordo acompañado de náuseas. A pesar de todo, pudo conciliar el sueño las últimas horas de la madrugada. Cuando llegó por la mañana al instituto, entró de repente al seminario de historia y encontró a Damián departiendo con Emilio acerca del trabajo de Clara, conque les dijo sin más dilaciones que lo único que les quedaría sería una participación en el derecho a investigar escritos. Al oír esto, reaccionaron ambos por separado, y Emilio se adelantó diciendo que, mientras no se demostrara lo contrario, El Baco sería para el que lo encontrase; y no aceptaron trabajar en conjunto. Emilio y Damián seguían pensando, al unísono y por separado, que al fin y al cabo, ellos dos no tenían nada que perder y sí mucho que ganar, si despreciaban la colaboración que el Vasco les ofrecía; por el contrario, en conjunto, a lo único que podrían aspirar sería a cooperar con el Vasco y el notario, para que ellos lograran la posesión del retablo.
El Vasco se sentía como si el enemigo, en la guerra, lo estuviera conquistando, y veía en Damián y en Emilio, unos competidores execrables.
Volvió a llamar al notario, y por teléfono quería ponerlo al corriente:
—Ya sé qué profesores son los estudiosos de El Baco. Me he llevado una sorpresa, pues a través del trabajo de una alumna se han enterado. Ahora es cuando más deberíamos estrechar nuestro círculo, pues dice Emilio, profesor de Latín, que El Baco será para el que lo encuentre; y, sin embargo, usted sabe muy bien que es mío.
—Creo que este asunto no es para tratarlo por teléfono. ¿A qué hora podemos vernos esta tarde?
—Si no le importa, podríamos reunirnos ahora, pues tengo dos huecos. —¿Dos qué?
—Dos huecos; es decir: tengo dos horas libres en mi horario de clases.
—No tardaré más de media hora en llegar al Instituto. ¿Dónde nos citamos?; ¿en el bar de enfrente, por ejemplo?
—No, mejor en el seminario de Historia, que ahora no hay nadie. Estaré esperándolo a la puerta.
—De acuerdo. Dentro de cinco minutos salgo.
Tuvo tiempo el Vasco de contarle al notario los pormenores con minuciosidad sobrada: cómo había pasado el cuaderno de manos de Pablo a las de Clara; le explicó más detalladamente cuanto le había adelantado por teléfono: que Damián y Emilio eran los interesados, y que Emilio alardeaba de sus libros publicados sobre variadísimos temas, amén de Lingüística Latina; incluso le llegó a enseñar a Emilio desde lejos cuando entraba en su Peugeot 505, poco antes de la despedida, al lado de la verja de la entrada.
Como faltaba poco para la Semana Santa, el Vasco y el notario acordaron dejar todas las averiguaciones en suspenso hasta entonces, que se encontrarían los dos en Astorga.
67
Después de despedirse del Vasco, el notario esperó a que Emilio subiera al coche y, como si fuera un detective privado, lo siguió hasta su casa en la Prolongación de la Alameda, que ahora llaman Avenida de Andalucía. Se fijó muy bien en qué portal entraba, y habiendo aparcado una manzana más abajo, esperó un tiempo prudencial para que no sospechara que lo había venido siguiendo.
Preguntó al portero del inmueble:
—¿En qué piso vive un profesor de Instituto…?
Levantó la panza al instante y se arrellanó en el sentajo cogiendo el telefonillo de comunicación interna del edificio:
—¿Cómo se llama? Porque en esta casa viven varios profesores. Mismamente acaba de entrar uno de ellos. Don Emilio se llama.
Simuló el notario coincidencia:
—Precisamente es al que busco…
—En el “doceavo” izquierda —colgó el aparato.
—Muchas gracias.
Subió el notario y esperó un instante a la llamada del timbre.
—¿Qué desea?
—¿Está don Emilio?
— Sí, espere un momento.
Emilio salió en mangas de camisa:
—Dígame. ¿...? ¡...! ¿Qué quiere de mí?
Se presentó cortésmente Honorino, le reveló ser hijo y heredero del dueño de la catedral del vino, que había fallecido, sin poder controlar un titubeo embarazoso y siguió diciendo:
—Si me concediera unos minutos podría hacerle algunas confidencias. Emilio aplacó su alteración diciendo:
—Pase, pase.
Reunidos en el despacho, siguió Honorino:
—Ya sé que usted, don Emilio, está interesado en la investigación de la civilización leonesa que se perdió totalmente antes de la Edad Moderna. Quisiera expresarle mi convencimiento de que yo podría ayudarle.
Emilio remendó algo su descompostura por la que se había sentido ridículo y recuperó el sosiego:
—He decidido no involucrarme. Le contaré más: efectivamente, estaba muy interesado antes de haber ido a León. Me enteré casualmente a través del trabajo de una alumna y me llamó tanto la atención el contenido de los escritos, que decidí viajar hasta aquella provincia. Llegué hasta el pueblo en que se encontraba la bodega... Bueno, a la bodega de su padre, claro está; y me la enseñó; pero cuando me enteré de que Pablo estaba involucrado en algo sucio y que la policía... De eso, sí tendrá usted conocimiento... Evidentemente me he visto obligado a no entrar en el