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(L. v. Beethoven. «Sonata Patética. Op. 13»)
El 20 de Abril de l983 era viernes. Clara y Leo no entraron en el Instituto aquella mañana y aguardaron a que Damián, Emilio y El Vasco se encontraran, y así, poder observarlos desde lejos para comprobar cómo reaccionaban juntos. Llegaban a intervalos cortos y después de breves cuchicheos, entró cada cual a su clase. Lo que esperaban que fuera un trance se quedó reducido a poco más que saludos rutinarios, conque de aquella estampa no pudieron inferir nada. Honorino llegó más tarde, y como los muchachos lo esperaban, le comunicaron que hasta la hora del recreo, a las diez y media, no era oportuno reunirse, con lo que se fugaron de las dos primeras clases. Leo no quiso permanecer en compañía del notario durante ese tiempo, no fuera a ser que en la conversación se distrajera y se deslizara inconvenientemente, pues había preparado con munuciosidad matemática todas y cada una de las palabras que tenía que dirigir a Emilio, a Damián, al Vasco y al mismo notario, reunidos todos juntos a la hora del recreo; por lo que sacó una disculpa y se despidieron hasta luego. El notario entró en el bar de enfrente, pidió un café y una copa de aguardiente. El camarero se extrañó y derivó en chanza:
—¿Agua ardiente? ¡Ohú! ¡Ardiente e eza que paza! ¡Qué ojazoh tiene la niña! ¡Má tranparente que el “agua cuajá”!
Efectivamente, una muchacha rubia pasaba por la acera.
Honorino no entendió absolutamente nada, como si estuviera oyendo otra lengua, por lo que el camarero, intuitivo, cambió los modos:
—¿No zabe uzté lo que e el“agua cuajá”? Po, lah meduza cuando z’entrompiezan en la playa.
Honorino, sin palabras, se sintió descortés por un momento, pues sólo entendió la palabra playa y no pudo contestarle. Siguió el camarero en su monólogo:
—Zé yo lo que e el aguardiente, hombre, claro que zí. Pero ezo mayormente ze bebe por ahí, que yo zé porque zerví en la marina, en la baze de Marín, en Vigo, pa má zeñah. Aquí, mayormente ze beben cubatah; pero no ze procupe que, ezto e mehó que el aguardiente.
Y le sirvió una copa de Larios. Honorino cogió el periódico de encima de la barra y el camarero barboteó por lo bajo a otro cliente:
—¡Qué zaborío, hiho!
Entre trago y trago, Honorino leyó y releyó el diario, pidió otro café y lo fue tomando hasta que Clara y Leo volvieron a su encuentro. Cuando Juan, el conserje, vio que entraba Honorino con los dos alumnos, murmuró:
—Ya eztamoz otra vez de feria. Ezto nunca ze acaba.
Alfonso Sierra lo miró como desdeñándolo, mientras subían los tres al seminario de Historia.
Sobre la ciudad de Málaga se cernía una luz penetrante hasta lo más recóndito de los pasillos. Desde dentro se adivinaba el fulgor de las exuberantes palmeras y de los ficus en el patio quieto. Aquella calma fue interrumpida por el timbre estridente que tocaba a recreo preconizando vocerío desmesurado. Los primeros en salir puntuales de sus clases fueron Damián, Emilio y el Vasco, quienes se reunieron entrando al seminario de Historia con Honorino, Clara y Leo.
Una vez dentro, Leo abrió el diálogo imponiéndose:
—¿Qué les han parecido los pergaminos?
En el fragor del caso, ninguno de los tres profesores reparó en que no dijera “las fotografías”. Honorino creyó verdaderamente que Damián y Emilio guardaban los pergaminos originales al observar cómo sacaban de sus carteras las fotos y las dejaban encima de la mesa. Leo se adelantó impetuoso, las tomó en sus manos y las ojeaba pasando las yemas de los dedos como queriendo comprobar sus relieves sobre la superficie brillante, y terminó diciendo:
—Sí, sí, les han quedado perfectas estas fotos. Además en estas ampliaciones a tamaño natural no hay diferencia con los originales.
Emilio, que estaba decidido a reducir a Leo con unas palabras, quedó tan asombrado que no reaccionaba y se le erizaron “los vellos” al verse acorralado por el muchacho. Ni siquiera se le ocurría contradecirlo negando que tenía los pergaminos originales. El Vasco no entendía el abobalicamiento de Emilio, por lo que se cercioraba de que el muchacho era inocente en sus dichos. Clara cruzó la mirada de reojo con Honorino, con la que forzó complicidad solapada antes de que Leo comenzara la perorata:
—Ayer, don Emilio, usted me convencía de que era mejor que usted devolviera los pergaminos originales al Obispo de Astorga, pero lo he pensado mejor. Bueno, he seguido el consejo de don Honorino —se sorprendió el notario por la salida pues no había dado ningún consejo, pero puesto que se sentía cómplice con los muchachos, asintió con su silencio—, ya que Pablo me ha encomendado que en su nombre los restituyera al mismo lugar de donde los sustrajo, porque él fue quien, por su mandato —miró al Vasco—, cometió la imprudencia de hacerle caso a usted; pero no olvide, don José Antonio, que usted se hizo responsable de lo que ocurriera en la catedral de Astorga la noche de Pedro Mato —el Vasco se puso colorado—; y Pablo no había cumplido dieciocho años. Así es que, por favor, devuélvanme los pellejos originales que les presté ayer para hacerles las fotografías —consternado el trío—; ¡les doy un día de plazo! —ante tan descomunal felonía, Damián, Emilio y el Vasco se quedaron tiesos—. Y usted, don Honorino, tenga el cuaderno de su tío —lo sacó de la camisa—, que también Pablo me dijo que lo devolviera —se abalanzó el notario sobre el cuaderno y lo tomó diciendo:
—Estoy en ejercicio y levanto acta de lo que estoy oyendo. En caso de conflicto, que resuelvan los tribunales de justicia, pero les aconsejo un pacto de silencio.
Con tal bombardeo, no reaccionaron por no haberse percatado de la insensatez de Leo: enorme insensatez, pues se le ocurrió, en aquel mismo momento, marcarles el plazo de un día sin ninguna opción disyuntiva y se entrecortaba Emilio queriendo aclarar el embrollo en el que se veía envuelto sin conseguir concatenar las frases: