—Cómo es que dices, Leo, que nos diste... ¿a quién le diste?…
En vista del titubeo, lo cortó el Vasco aplacando su ira:
—No entiendo por qué haces esto, Leo, si está muy claro que El Baco pertenece a la Iglesia…
Volvió a cortar Emilio:
—Cómo es que dices que nos diste los pergaminos originales si…
Con un gesto de la mano, trató el Vasco de quitarle la palabra:
—El Baco pertenece a la Iglesia; y yo sé dónde se encuentra, pero ya no puedo pretenderlo en vista de los escritos.
Alarmado por la aseveración del Vasco, intervino el notario:
—Con unos documentos medievales nada se demuestra en el actual estado de derecho; además, el retablo medieval de El Baco, como tantos bienes eclesiásticos, pasó en el siglo XIX, más exactamente en el año 1836, a ser propiedad de los terratenientes. —Alardeó de la prodigiosa memoria de notario—: «Serán declarados en venta, desde ahora, todos los bienes raíces de cualquiera clase que hubiesen pertenecido a las comunidades o corporaciones religiosas extinguidas, y los demás que hayan sido adjudicados a la Nación por cualquier título o motivo, y también los que en adelante lo fueren desde el acto de la adjudicación».
Aturdido, acertó Damián, muy tétrico, a coger, del estante trémulo, un libro de Tuñón de Lara titulado «La España del siglo XIX», y buscaba una cita mientras pontificaba:
—El Baco es de quien en la actualidad lo tenga —hojeaba nervioso—. Aquí está:
«Comprendiéndose este estado de cosas, alcanzan su significado las del reparto de tierras, una de cuyas manifestaciones tendrá ya lugar en la provincia de Málaga en 1840...» «...El Vaticano se puso en movimiento: llovieron excomuniones y anatemas que, en verdad, no inquietaron mucho las pías conciencias de los compradores. Sabido es que el gobierno reaccionario de 1844 accedió a suspender la venta de tierras y que en 1845 se devolvieron a la Iglesia los bienes que aún no habían sido vendidos. Más tarde la cuestión volvió a plantearse en el bienio liberal de 1854-1856 (unida a la desamortización civil) y sólo se arregló en 1859 mediante el Concordato con la Santa Sede que permitió a la Iglesia amplia indemnización».
Leída la cita, concluyó Damián:
—Ni pertenece a los terratenientes ni a usted como heredero de ellos, según parece insinuar; y tampoco a la Iglesia, como tú dices , José Antonio. Aquí está bien claro —señalaba la cita con el dedo índice exhibiendo el libro—, que la Diócesis de Astorga cobraría un sustancioso precio por El
Baco, sin duda más alto que el que en su día cobraron Román González y su ayudante Caspe por pintarlo, o mejor dicho, Castrellus, como verdaderamente se llamaba.
—De todas maneras —dijo el notario—, lo mejor será un pacto de silencio.
Terminó Leo con aire triunfante:
—Nosotros nos vamos, que tenemos clase.
El notario silbaba interiormente la canción de su pueblo: «...airecillos, aires/ aires de León/ aires de mi tierra/ de mi corazón...» ¡Ya pensaría qué hacer con el cuaderno!
Emilio, Damián y el Vasco se sentían avergonzados y suspicaces, sin comprender quién había engañado a quién; y con caras de asombro se dieron la mano impulsados mecánicamente; y se despidieron sin mirarse de frente. Únicamente a Damián se le escapó una miradilla de reojo.
Leo entraba en su clase de “COU Ge”; y cuando Clara abría la puerta del suyo, que era el “COU Hache”, sólo tuvo dos palabras mirando a Leo:
—¡Eres el tío más genial del mundo!
—Cuando salgamos de la última clase, le escribiremos a Pablo para contarle todo —dijo Leo.