Día de la independencia venezolana. ¿Debemos realmente celebrar la independencia?
Amarillo azul y rojo son colores, que sirven de fondo a nuestra bandera y sobre los cuales bien estampadas están 8 estrellas, cada una tan plateada y brillante como la provincia a la que representan. Secreto a voces no es la lúgubre situación que vive un país que en otrora próspero y lleno de abundancia era.
Hoy el amarillo dejó de simbolizar las riquezas de esta nación bendita por Dios, dicho sea de paso, para representar de la forma más soez la codicia, la avaricia y ese lado más oscuro del ser humano; más de 500 años de historia para un país relativamente joven frente a un mundo lleno de sociedades nutridas y habidas de las más distintas situaciones y resulta denigrante la cruda realidad. Ni siquiera durante la “conquista” y la colonización, incluyendo las guerras independentistas, se derramó tanta sangre sin ningún otro fin sino el del enriquecimiento para unos pocos, y no con otro resultado sino el de empobrecimiento para muchos.
En las escuelas se enseñó siempre que el azul de nuestra bandera simbolizaba de la forma más poética las inmensas extensiones de mar que bañan nuestro pedacito de tierra en el mundo, en el universo; hoy eso ya no es, al menos el tono poético ya no está implícito. Hoy ese azul ya no es tan limpio como las aguas que nos surcan, que nos rodean; como tinta derramada en agua, ese azul se ha manchado y se ha contaminado, se ha vuelto sucio y oscuro, como casi todo lo que rodea los asuntos de importancia o relevancia para quienes nacimos en este país, la corrupción azul con tonos rojizos y matices amarillos. La desintegración de la familia y por consiguiente de la sociedad, la perdida de lo que fue una sólida estructura entramada y formada por lo mejor de cada uno y también de todos, como el salitre corroe y destruye todo a su paso, asimismo ese azul del que tanto nos hablaban en la escuela se convirtió en negro, negro como petróleo, claro está.
De patriotas está llena esta tierra, la historia es prueba fehaciente de ello, muchos han sido quienes han dado todo de sí hasta no tener nada más que dar sino pues la vida, y en honor a ellos -a los que fueron, a los que son, y seguramente a los que serán- es la razón por la que el rojo cierra solemnemente los colores del pabellón nacional, por la sangre que se derramó, que se derrama, y que se seguirá derramando a nombre de la causa más noble y al mismo tiempo más feroz de todas, la libertad. Resulta grotesco que hoy ese rojo siga siendo el mismo rojo, sin ningún matiz y sin ninguna modificación, a más de 500 años de luchas, batallas y riñas entre pueblos, a más de 200 años de batallas con causas libertarias, aún hoy se sigue derramando sangre, sangre inocente.
No son las lanzas, ni las bayonetas, tampoco las balas impregnadas de pólvora las que quitan vidas, y derraman sangre, hoy las armas son más sofisticadas y al mismo tiempo más macabras, si es que eso se puede; la miseria, el hambre, la pobreza, la inseguridad, la precariedad, la inhumanidad de unos pocos acaba con la vida de miles, dejar desprovistos de lo básico a las masas se ha vuelto de las artimañas favoritas para causar daño, y para nuestra desgracia han resultado extremadamente exitosas, apelar a ese lado afectivo del ser humano y jugar con la estabilidad mental también son de las armas predilectas.
En 20 años el rojo ha sido el color que más ha estado presente en la cotidianidad, 20 años de opresión, absolutismo, destrucción, flagelación, pero también de sublevación, subversión, rechazo, repudio, conciencia democrática, unión, fuerza… 20 años donde lo mejor y lo peor de una sociedad ha florecido, 20 años demostrando la casta, sacando la raza, 20 años donde esos genes amantes de la libertad, la democracia y esos valores civiles que estaban dormidos han despertado, y vaya que han despertado; han despertado para no volverse a dormir, han despertado para perpetuarse y permanecer siempre atentos a cualquier forma y amenaza contra lo que ellos son y representan, para la historia un gran hito y para los opresores su punto de quiebre, mejor aún, la aplastante prueba de su derrota, derrotados por un pueblo con insaciables ansias de libertad, con excelentes ideales, un pueblo noble y bondadoso por naturaleza, en fin, un pueblo que por siglos se ha hecho merecedor de ese pedacito de tierra que lleva nombre de mujer, Venezuela.
“Cuando la tiranía se vuelve ley la rebelión es un derecho”.
-Simón Bolívar.
Muchas gracias quienes me leen, espero que les guste. Un saludo para todos.
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