Estaban allí llorando en el cementerio. De sus caras maquilladas se desprendían pesadas lágrimas. El atardecer era frió, no consonó con las vestimentas coloridas de los apesadumbrados personajes.
Sus grandes y pesados zapatos iban en dirección a la fosa siguiendo aquel pequeño ataúd. El dueño iba de primero, los hijos lloraban desconsoladamente, y su madre, aquella pequeña mujer, daba agonizantes gritos acompañada de una cara abominablemente dolorosa.
Aunque muchos rostros tenían sonrisas dibujadas de rojo, la seriedad era casi perfecta, no había chistes, solamente lágrimas y un profundo pesar. De pronto, se levantó un hombre con un bigote grande y risueño, con un levita multicolor y con ojos avariciosos.
—Lamentamos que un lugar destinado a las risas se haya convertido en… —dio un pequeño silencio que abrió paso a los leves gritos de dolor y llanto — una marca de desgracia para nuestros corazones, este lugar que va de aquí para allá, es nuestra casa y quien ha muerto hoy es nuestro hermano. Te extrañaremos mucho.
—Te extrañaremos mucho —repetían coralmente los presentes.
Luego del luto, luego de pasar ese tiempo de grisáceos recuerdos y convulsiones de dolor. Se volvió a trabajar, a producir risas y, aunque nadie lo supiera, detrás del telón, aún quedaban lágrimas detrás de las risas.