Lo vi emerger de la oscuridad, salir a mi paso. Creí por un momento que mis ojos me engañaban, pero ahí estaba, yo escuchaba su llanto. Se movía delante de mí como una procesión, no tenía inicio ni fin. No veía más allá de su ser, todo era él, de pronto todo cuanto me rodeaba era su existencia. Y pronto yo también era parte de él. Me absorbió, con facilidad. Y a los que estaban conmigo, también.
Y nos cambió.
De repente nos mirábamos con otra expresión, huíamos uno del otro, como si no nos conociéramos. No teníamos calma, no teníamos sosiego. Todo era esta especie de monstruo que tocábamos, sentíamos, pero del cual no sabíamos cómo salir. No supimos en que momento nos tragó, qué fue lo que pasó y cómo pasó de ser algo externo a algo que teníamos cada uno de nosotros en nuestro interior. Ahora era parte de nosotros, de nuestra conducta.
Parte de nosotros, parte de todos, parte de mí.
Era contagioso, a toda persona que contactábamos de repente también se veía tragada por este ente. Horrorizados, no nos quedaba más que seguir con nuestra existencia ahora infectada. Ya no podíamos ser libres, ya no teníamos calma, solo huíamos de todo. Como los perros cuando hay que bañarlos, como los niños cuando hay que vacunarlos, huíamos de algo que nos infectó pero que luego descubrimos que no era malo.
Y nos volvió a cambiar.
Nos hizo agresivos para defender lo que es nuestro. Nos hizo aprender a salir de nosotros y ver como podíamos lograr cosas en las mayores adversidades. Aprendimos a vivir con él, dominarlo, tratar de contrarrestarlo. Lo que ya teníamos todos, lo que primero nos hacía huir unos de los otros, ahora nos unía, ahora nos juntaba. Y al estar juntos nuestra existencia era nuestra, no de él. Nuestra ausencia de calma se convirtió en vigor, nuestra falta de sosiego se convirtió en insistencia. Insistir, persistir, resistir y nunca desistir.
Hasta que logramos que nos vomitara.
Y una vez fuera, pudimos observarlo. Ver cómo era en realidad, antes de que nos tragara. Porque cuando lo vimos la primera vez, todo era oscuridad. Y nos había parecido gigante. Era ahora algo mínimo. Algo ínfimo, que estaba al lado nuestro, como un ser que moría. Nos habló, por vez primera. Su voz sonaba como un llanto, todavía. Un llanto horrible, de esos que te comen vivo.
Pero ya no nos comía vivos. No nos absorbía ni nos rodeaba. Era solo un llanto.
Nos vimos, los unos a los otros. Esto que nos había comido, era el miedo. Un miedo que nos rodeó, nos paralizó, que hizo que nos desconociéramos. Pero que una vez que logramos alzar la vista, levantarnos imponentemente, se hizo pequeño. Una vez que lo dominamos, nos dimos cuenta, de que gracias a él, éramos más fuertes. Porque ahora no nos dominaba a nosotros. Ahora nosotros lo dominábamos a él.
Y ahora, no tememos. Ahora, sabemos de lo que somos capaces.
Este post viene a seguir mi línea de divagaciones, así que si te gustó considera echarle un vistazo a La pregunta diaria
¡Gracias por leerme!