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La primera vez que esa enfermedad tocó a mi familia fue a finales del año 2008. En noviembre específicamente.
Una de mis primas queridas, se notó un bulto en su seno izquierdo. Ella se envalentonó y fue al médico para que le revisaran. Su médico le dijo que eso podría ser un quiste pero que se quedara tranquila. Mi prima no se quedó tranquila y le pidió al Dr. que le hiciera una punción mamaria. El galeno le dijo que eso no era necesario pero para buscar la tranquilidad de mi prima, procedieron –en una consulta posterior- a realizar el examen especial.
Una vez que el Dr. tuvo los resultados en la mano, la llamó a su casa. Mi prima no estaba y atendió mi tía. Él le dijo que mi prima tenía que acudir lo más pronto posible al consultorio. Ya esto fue un detonante para que a mi tía se le activaran todas las alarmas y nervios posibles. Me llamó y me pidió que acompañara a mi prima a esa consulta. Esa noche no dormí del susto.
Llegamos al consultorio. Recuerdo claramente cuando ella le dijo a su médico: “vine acompañada” y él respondió: “¡Qué bueno… siéntense!” esa frase quedó marcada como tinta indeleble en mi mente.
Él le habló claro y le dijo que había un carcinoma presente. Detectado a tiempo pero que había que actuar rápido. Ese día era 18 de noviembre, Día de la Virgen de Chiquinquirá. Ella lloró desconsoladamente en el consultorio. Yo lloré después, encerrada en uno de los baños de la clínica. Tenía mucho miedo.
Ese día la jefa de mi prima nos llevó a la clínica y luego la llevó a ella a su casa. Mi prima quiso hablar a solas con mis tíos. Mientras que yo tuve que hacer lo propio con mi mamá. Para aquel entonces, Ámbar, mi ahijada (e hija de mi prima) tenía tan solo 2 años y 11 meses. Totalmente inocente de esa situación de salud. Gracias a Dios que nos la mandó, pues ella fue el impulso y la fuerza de mi prima para seguir adelante. Y por supuesto, nosotros darla la fortaleza a ella.
Su primera quimioterapia (a la que llamaré tratamiento) fue el 19 de diciembre. Tras su aplicación vinieron las reacciones típicas de este fuerte coctel de sanación, como también suelen llamarle. Recuerdo que antes de su primer tratamiento fue a la peluquería a cortarse parte de su melena. Dejó su cabello a nivel de hombros. Luego con las primeras caídas de cabello, fuimos a la peluquería para que le dejaran la cabecita como culito de bebé.
Afortunadamente, uno de nuestros tíos trabajaba en aquel entonces en el Hospital Oncológico Dr. Luis Razetti. Mi adorado tío –porque ese hombre un ejemplazo de ser humano- se movió con sus contactos con los médicos para que a mi prima le comenzaran el tratamiento lo antes posible.
Yo fui con ella a todas las aplicaciones de su coctel de salvación. El tiempo se nos pasó rápido, luego del cuarto ciclo, vino la intervención quirúrgica, otro ciclo de tratamiento, varios ciclos de radiaciones y ahí está bella, radiante, sana, casi diez años después.
Pero, en el año 2011 a una de mis tías (mamá de mi prima sobreviviente de cáncer) también le detectaron dos bultitos en sus senos. También era la malvada enfermedad, pero ella como toda una guerrera –y así se ha distinguido siempre- salió adelante con sus tratamientos y por supuesto, la fuerza y apoyo familiar. Hoy también está con nosotros.
La malvada enfermedad regresó a mediados del año 2013. En esta ocasión, afectando a uno de mis tíos. En esa oportunidad, le habían detectado “presuntamente” unas piedras en la vesícula y le hicieron todos sus exámenes preoperatorios pero, el día de la intervención quirúrgica los médicos vieron “otra cosa” en el quirófano. Esa otra cosa fue una lesión cancerígena… en el páncreas. La zona más letal en cuando a carcinomas se refiere.
El de mi tío fue detectado el 3 de julio de 2013. Luego de sentirse mal en diversas ocasiones, logró que le aplicaran su primer ciclo de tratamiento. Mi tío tuvo varias altas y bajas, es una enfermedad muy cruel y él tan inteligente, tan pilas, sabía que lo que tenía no era una tontería. De hecho, nos reunimos todos en su casa para informarle el diagnóstico y de manera valiente asumió su realidad con mucha naturalidad y altura de tamaño mundial.
El mes de diciembre de 2013 mi tío estaba de lo mejor, tan bien estaba que parecía que no había pasado por ese proceso tan cruel como lo es el coctel de sanación y las muchas bajas que tuvo a consecuencia de su tumor. Lucía radiante, feliz y hasta había ganado peso.
Llegó el mes de enero de 2014 y le tocaba otra serie de exámenes para ver en qué nivel tenía el tumor y, aunque éste había bajado, pues debía aplicarse un ciclo más de tratamiento. No sé qué pasó, todo se fue desmoronando en el camino, él se deprimió, fue hospitalizado, le dieron el alta, a los pocos días lo vuelven a hospitalizar para incorporarle un aparato en su organismo para que pudiese digerir los alimentos y, una vez recuperado, nuevamente iniciar el ciclo de tratamiento. No hubo tiempo.
El lunes 10 de marzo, cuando el reloj marcaba las 8:15 pm, el teléfono de mi casa sonó. Era una de mis primas para decirme que nos fuéramos a la clínica porque mi tío nos quería ver. ¡Cómo me costó decirle esto a mi mamá! Ella lloraba mientras gritaba: “¡Mi hermano se está muriendo! ¡Mi hermano se está muriendo!”. Nos arreglamos en menos de 10 minutos y salimos a bordo de un taxi hacia el Centro Médico de Caracas.
El reloj marcaba las 9:00 pm. El pasillo solo y frío de una de las alas de Emergencia se nos hizo eterno. Llegamos al piso donde estaba él. Afuera de la habitación, mi prima con ojos llorosos me dijo: “¡Lo perdimos!”. El cáncer no solo había tocado nuevamente a mi familia, sino que por primera vez se llevó a uno de los nuestros.
Por eso hoy cuando leo a tantos venezolanos solicitando medicinas para quimioterapias, a otros tantos solicitando dinero para viajar a otro país y buscar una cura, me entra una desesperación infinita de saber que en Venezuela no hay medicamentos para tratar este mal. Muchos han muerto por falta de estos recursos. ¡Qué doloroso!
Cuando un familiar tiene esta enfermedad, no solo la sufre esa persona, sino toda la familia.
El cáncer… no es juego.