Y el silencio, enroscándose como una lengua persistentemente húmeda, hacía que la tarde perdiese su sentido ante una noche, que cada día con sus automatismos y rutina, se presentaba antes.
El final de feria, marca un crepúsculo sobrevenido, herencia sin duda, de esos largos y tórridos veranos los cuales siempre finalizaban estudiando a contrarreloj, intentando enmendar el desastre provocado por la desidia de un sistema educativo puramente retentivo que no estimula.
Me gusta escuchar cuando me invade esta sensación The Doors, sobre todo “When the summer almost gone”, hace años que no me preocupo de revisar su letra, pero las sensaciones están, lo que sucede, tanto te has quejado del verano de sus apreturas de sus noches de insomnio el, que finalmente,se acaba, quedandote con ganas de más.
Haces recuento y siempre sobra o falta algo, no has ido bastante a la playa, no has leído los libros que querías leer, no has ido a aquel sitio que querías ir, tienes tantas horas de luz y tanto tiempo que al final escasea lo uno y lo otro.
Por la ventana, me llega el sonido, me asomo y los veo, la chavalería juega en el parque, los envidio, recuerdo la sensación de veranos inacabables, donde la máxima preocupación era saber el batido y el bocata que esa tarde tu madre había echado en la bolsa de la playa. Esas tardes eternas, donde sin transición aparente uno pasa de mirar a las niñas con desconfianza y recelo, a sentir esa atracción mezcla de miedo y deseo que desgarra algo todavía desconocido en tu interior y sientes la inquietud por explorar esas formas pujantes que ahora desbordan esos bañadores tan conocidos del día a día en playas y piscinas y que tan ajenas eran el año anterior.
Un día, igual de arenoso e intrascendente que los demás, aparecen con un bañador nuevo, y todo lo que quedaba de niña, ha desaparecido para dar paso a una adolescente altiva, que de repente te ignora porque lees libros y comics, usas el mismo bañador hasta la cintura, gorro para bañarte, y básicamente, sigues yendo y volviéndote a la playa con tus padres.
Ellas han pasado de ese plano que tu, no has abandonado, con la naturalidad del adolescente que va creciendo. Ahora, le molesta todo, tu misma hermana, también se convierte en un ultracuerpo extraño, que busca la compañía de esas otras chicas,siempre comandadas por una que hasta ahora no había destacado por nada y que con al paso del tiempo o por captar a lo lejos una conversación furtiva, te enteras que su primacía nace de haber abierto la veda de los encuentros furtivos con los chicos.
Entre baño y baño, en el descanso que dejaban esos comics acabados, o esos libros que antaño no superaban las 300 páginas, llegaba a observarlos de reojo, de lo más extraño se hacía la absurda atracción hacia ese tipos de chicos, inertes que nunca jugaban al baloncesto, no se bañaban, no cambiaban comics, no tenían bicicleta y únicamente tejían una trama existencial tan ajena al confort del uno mismo.
Ese jugar en la arena, embadurnado en nivea, el olor a paja mojada de las esteras y esas toallas suaves que te acompañaban en el transcurrir de los años, anchas, mullidas y poco a poco descoloridas, ajenas al textil agreste y fugaz que nos invade.
Tardes que daban para leer la obra completa de Dumás, Verne, Salgari,todos los colores del barco de vapor, la biblia con sus antiguos y nuevos testamentos, apocrifos, cartas de san marcos y de tan voraz hasta la revista Dunia, lectura de las madres de la época ajenas a la marea rosa como vómito de vino joven por venir.
Esos baños trufados de heces, natas, restos de cáscara de sandía y paquetes azules de ducados, que regalaban plantillas de alquitrán, rallados de aguas cuajás y el tacto de cesped marino de las posidonias, cuando las medusas eran solo imágenes curiosas en los reportajes de Costeau
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