Estoy en medio de un ejercito de mujeres repitiendo el Dios te salve María y el por mi culpa, por mi culpa, rogándole al pana yisus que deje pasar a la pure de mis tíos y mi mamá. Sus vejestorias amistades se toman el turno de guiar el cántico a la sumisión hacia la rendición de la autonomía.
Las que no lo saben vienen a practicar para ser la próxima líder en sus velorios venideros, la meta del desespero.
Me siento aquí para poner en práctica mi aprendizaje del cristianismo, y casi todas esas tardes que la señora de la urna me llevaba a regañadientes a la casa del que todos llaman El Grande: escucharé a las cabras repetirse a si mismas que se rinden a los pies de lo desconocido, pero mientras cantan el repertorio de oraciones felizmente creyendo en el descanso eterno y la esperanza de creerse mejor y mas dignas mientras más golpes se den en el pecho.
La vieja creía eso también, al menos le debo mi presencia este día.