Despertó muy temprano aquel día, no era una día cualquiera, era navidad. Recordó al abrir los ojos la sonrisa de su padre, esa sonrisa que el anciano tenía cada vez que se encontraban. El anciano había muerto hace once meses y aún lo primero que pensaba al despertar era en él y en un día como aquel su presencia era mucho más fuerte.
En los últimos meses todo había ido de mal a peor, su esposa lo había dejado, su trabajo no tenía sentido y la situación económica del país no ayudaba mucho. Así que eso de tener un espíritu navideño lleno de concordía no le venía nada bien, por el contrario le desesperaban los villancicos y todo lo relacionado con las fiestas.
Fue a trabajar como todos los días y habló sin hablar con los clientes de la tienda que admninistraba. Se sentía como un autómata sin alma que participa de algún mal cuento. Sonreía cuando la ocasión lo ameritaba y era cortés con cada persona que se le acercaba, pero todo era una farsa. No le importaba un comino nada, ni nadie. Lo peor, tenía la extraña sensación de que ese era el último día de su vida y que no sería un día memorable tan sólo sería un día gris, sin nada especial. Su vida no había sido nada especial, nadie lo extrañaría.
Salió de su trabajo un poco más temprano por ser el día de navidad, entró en un supermercado y compró una botella de vodka. Caminó por calles que empezaban a oscurecer entre transeuntes que apuraban sus pasos para llegar a algún lugar en donde, seguramente, celebrarían con sus familias y amigos.
Abrió la puerta de su apartamento y se sentó en un sillón de terciopelo rojo oscuro en medio de la oscuridad que se empezaba a apoderar del lugar y abrió la botella, tomó el primer sorbo y cerró los ojos. Nada, sólo la nostalgia de días mejores era lo que le atravesaba el pecho.
A través de la ventana se colaban las risas de los vecinos, la música comenzaba a sonar y la indecisa luz de las decoraciones navideñas. Dentro de él solo silencio.
Alguien tocó al timbre. Extraño, pensó, y se levantó para abrir la puerta. Lo hizo, pero no había nadie al otro lado del umbral de la puerta. Siguió con su aburrido ritual de abatimiento en su sillón de terciopelo rojo oscuro, bebiendo y recordando, recordando y bebiendo.
Sonó el teléfono, miró la pantalla y vió un número desconocido, así que no contestó. Las sombras se apoderaron del lugar, dibujando fantasmales siluetas en las paredes. Su corazón deseó que vinieran seres del más allá y se lo llevaran a un lugar más interesante, al menos, menos aburrido que su vida.
Así, en voz alta, llamó a la muerte y, sinceramente, deseó morir. Nada sucedió.
Se adormeció y, por un instante, el sueño le otorgó el olvido de sí. Sintió una mano sobre su hombro y despertó sobresaltado, se giró bruscamente con el corazón a todo dar, por supuesto, solo él estaba en aquella sala.
Se levantó y fue a buscar el revolver que guardaba en una caja bajo la cama, se sentó nuevamente en el sillón de terciopelo rojo oscuro y cargó el revolver. Lo contempló en sus manos, su última decisión. Se acercaban las doce de la noche, lo supo por la cantidad de fuegos artificiales que empezaron a sonar en las calles.
De repente sintió un suave olor a un perfume, al principio no lo reconoció y luego tuvo la certeza era el perfume de su padre. Una mano sobre el hombro derecho, otro sobresalto y volvió a despertar. Miró alrededor, estaba tendido en su cama y su padre aun joven lo contemplaba sonriendo mientras dormía. -Qué difícil es despertarte hijo. Recuerda hoy es navidad, le dijo con un tono tan suave como el terciopelo.