A veces me gustaría poseerte cuando me posees para saber qué se siente hacerme el amor. Soy plenamente consciente de lo egocéntrica que sueno, pero mi propio cuerpo me intriga y es una fascinación inocente. No pongas esa cara, porque en algún momento tú y todo el mundo ha deseado mayor flexibilidad para auto practicarse felaciones, ¿o me equivoco? Es natural y nada de vergüenzas.
Siempre seré mi mayor misterio. Y es que, ¿verme a mí no es, de alguna manera, ver al mundo? Algo así me dijo la ley de la correspondencia, pero eres libre de corregirme. Libre… Ese adjetivo me persigue dondequiera que vaya. Creo que por eso me atraes, por tu voraz deseo de libertad, y juro que quiero saciar esa sed y ser indómita y rebelde contigo. El problema es el problema, me susurra el guatemalteco, porque la señora Libertad se prostituye a precios nada módicos. He perdido la cuenta de las veces que te he dicho esto… Aunque quizá lo hablé sólo conmigo. Disculpa que me confunda, pero es un error clásico: tú tienes la costumbre de llevarme la contraria de la misma forma que lo hace la personita que me habita, la contradictora, Jorjana. ¿La recuerdas? Es ella quien acepta tus propuestas indecentes cuando me miras más de la cuenta.
Hablando de otras cosas, tengo una frase atorada en el cerebro y no me perdonaría dejar de contarte. Es rápido, lo prometo. Sólo pensaba que si tú y yo y todos tuviésemos verdadera conciencia de lo prescindibles que son los demás (papás, hermanos, parejas, hijos y amigos), viviríamos alegremente el desapego. Quiero decir que si lo peor que puede pasar es que pierdas a esa persona y ya estás en paz con ese posible final funesto, entonces ya no hay lucha. Si no estás de acuerdo, te pido que mires con atención tus cicatrices y notes que no son más que heridas curadas. A lo largo de tu vida han pasado de ti tantas personas y aún sonríes con los labios más bellos del mundo. Todo pasa. Muchos vienen y van. Las llegadas y las despedidas van paralelas, y eso sí es un hecho comprobado por mi excelentísima experiencia… Pero la esencia de mi pensamiento es que la impermanencia es real y bien puta, pero si aprendemos de ella, quizá podamos surfearla.
Creo que por hoy no tengo más que decir, excepto que, aun contra natura, te quiero inmarcesible.
La autora de las ilustraciones es Henn Kim