Alguna vez dije Namasté sin saber de qué hablaba. Hermosa y proveniente del sánscrito, Namasté abriga un amplio abanico de conceptos que surgen a partir de un profundo chapuzón en el idioma.
En la etimología de Namasté advertimos que “namas” traduce “reverencia” o “saludo”, incluso “cortesía”, mientras que “te” hace referencia a la segunda persona del singular, es decir “tú” o “a ti”. Palabras más, palabras menos, la traducción exacta de Namasté es algo así como “me inclino ante ti” o “te saludo”.
Pero no vine aquí a copiar y pegar los innumerables significados y connotaciones del multifacético Namasté. Si realmente deseas conocerlos, por aquí y por allá hay información de sobra. Mi objetivo es compartir la traducción que, desde mi humilde perspectiva, es la más hermosa:
«La esencia divina que hay en mí, honra y se inclina ante la esencia divina que hay en ti.»
La belleza del término radica en la creencia de que todos somos habitados por la energía del mismísimo Dios, esencia divina que reconocemos mutuamente al inclinarnos y juntar ambas palmas en el pecho para finalmente decir: Namasté.
y es propiedad de la autora de este post