Fingir que todos me caen bien se me da estupendamente bien, hacerles creer a todos que estoy inmensamente feliz de estar allí me está saliendo de maravilla.
Vestido de diseñador, joyas caras y el mejor perfume adornan mi cuerpo.
Pero eso no es suficiente, me sigo sintiendo vacía.
Voy por mi tercera copa de champaña y ya siento que esas burbujas están haciendo efecto en mí.
Tengo un sentimiento de melancolía terrible, no sé qué me quiere decir mi corazón.
A mi lado está mi novio con su acostumbrada cara de sufrimiento por estar allí acompañándome. Y es que a él no le importa verse terrible, de verdad no hace nada para ocultarlo.
Llegan un par de amigas a saludarme e invitarme a bailar, no lo dudo y salgo corriendo con ellas a la pista de baile.
Sin duda somos las más guapas del lugar y los hombres no nos quitan la mirada de encima. Uno que otro tiene la insolencia de acercarse a querer bailar con nosotras, pero solo queremos ser nosotras siendo parte de la música, no queremos dramas innecesarios.
De pronto siento un jalón fuerte del brazo justo cuando estaba sonando mi parte favorita de la canción. Era mi novio devolviéndome a la mesa muy molesto al parecer.
Me sienta y me dice al oído:
-Basta de bailar, todos los hombres te están mirando y sé que te desean.
No contesté nada al respecto ya que en el fondo me gustaba esa atención que por lo general él no me daba.
Me quede allí como si nada, silenciosa como nunca.
Solo me dediqué a beber champaña como si no hubiera un mañana.
Ya estaba medio borracha y él solo se dedicó toda la noche a reprocharme cosas.
Se supone que era mi noche, mi fiesta, mi cumpleaños.
Alcé la copa y brindé por la noche más desgraciada de mi vida.
Necesitaba salir corriendo, me levanté con la mentira de que iba al baño, pero en realidad me fui a fumar un cigarrillo detrás de unos arbustos donde todo estaba oscuro y había más calma.
Respiré, era lo mejor que podía hacer en ese estado, respirar.
Miré hacia arriba para que no se me salieran las lágrimas y me puse en marcha de nuevo para la fiesta.
Esta vez me terminé de beber mi copa y la coloqué en la mesa y me fui a bailar con mis amigas. De pronto en esa caminata me vuelven a coger del brazo, pero devuelvo la gracia también cogiéndole del suyo y le digo al oído:
-Me vuelves a colocar una mano encima para reprimirme de nuevo y te juro que me vas a conocer de verdad.
Entendí que ni todo mi dinero puede comprarme la felicidad, pero yo misma era la que podía encaminarme a la desgracia o no, es mi decisión.