CUPIDO CIEGO
A mi vida el amor llegó tarde. No tan tarde, pero cuando llegó no era yo la fruta más nueva del mercado. Jajajaja. Tenía 22 años cuando conocí a la persona que cambiaría mi mundo y el que me haría ser mejor persona. Es imprescindible no hacer esta historia tan larga, amigos, especialmente cuando las heridas hablan de que soy sobreviviente de esa batalla. Empecemos por el comienzo para poder contarles el final.
Como les decía, tenía 22 años. Había entrado a la universidad y despuntaba ya como una excelente estudiante querida y respetada por mis profesores. En aquel tiempo tuve que ir con una amiga, a casa de unos familiares de ella, a buscar queso y carne. Aquel viaje de un día, se convirtió en un paseo de una semana a una ciudad llanera.
La primera vez que yo vi a esta persona fue como si hubiese estado toda mi vida corriendo una maratón y hubiese llegado a la meta. En mi corazón sentí que todas las piezas se acomodaron para darle un puestico a aquella persona que veía por vez primera. Es como si al verlo, descubriera que mi corazón no solo tenía ventanas, también una gran puerta.
Aquella semana se me hizo extrañamente maravillosa, pero con una despedida que guindaba sobre cada cosa que hacíamos. Él, como buen caballero, hizo que cada minuto lejos de casa y de mis padres, fuera una experiencia inolvidable. Cada día hicimos cosas diferentes, desde bailar joropo, montar a caballo, comer carne en vara, hasta bailar salsa, leer poesía y descubrir que los dos cumplíamos años el mismo día (20 de diciembre) y que no nos gustaban los gatos.
Cuando llegó el sábado de regreso, pensé que él me diría algo, pero no fue así. Había tenido que atender una vaca que estaba pariendo y cuando llegó, estaba tan sucio que no quiso ni abrazarme ni despedirse de mí. Como estrella Polar: solita llegué y solita me iba. Desde ese pueblo a Cumaná hay 6 horas de distancia. El regreso fue largo para mí, silencioso, con una uva pasa de corazón. Me sentía triste y con muchas ganas de llorar: el tren había pasado y yo me había quedado varada en la estación.
Cuando llegué a casa, mis padres se dieron cuenta que la que había llegado, no era la que se había ido (olfato de madre), así que me preguntaron y en ese momento dije en voz alta lo que todos los días callaba en mi corazón: me había enamorado. Hacer aquel descubrimiento fue peor, porque me sentí la persona más ciega del mundo: qué tipo de cupido era el mío que había tirado la flecha tan lejos de donde yo me encontraba.
A las semanas, tres semanas que viví como zombi, mi amiga me llamó y me dijo que fuera a su casa que estaban celebrando no sé qué. Cuando llegué, alguien me recibió tapándome los ojos y diciéndome al oído sorpresa en inglés. Sé que el alma puede ir al cielo y bajar, que la cara te puede doler de tanto reírte, que el sol puede entrar en ti y salir por los ojos. Sé eso porque en ese instante lo viví.
Contarles cómo nos hicimos novios es como para narrarlo en otro post o guardarlo por siempre en una gaveta bajo llave. Lo interesante es que vivimos un noviazgo a distancia y con cada llamada y cada venida de él a Cumaná, ese SORPRISE me quitaba el hambre, las ganas de dormir, hasta las ganas de ser yo. Recuerdo que cuando él me llamaba todas las noches, yo le ponía una canción que nos hacía estar más cerca y que habíamos escuchado por primera vez cuando yo había ido a su pueblo. Era feliz y cuando esta persona me abrazaba sentía que sus brazos eran el lugar perfecto para descansar. Con él no tenía necesidad de huir, sino de quedarme.
Un día de nuestro cumpleaños, mi galán llegó con un estuchito rojo que contenía un anillo. La propuesta silenciosa fue respondida con un sorpresivo no. Ante sus preguntas desorientadas, traté de explicarle que debía terminar la universidad, que aún era muy joven para dar ese paso y que no me sentía tan segura. Como el poema de Andrés Eloy Blanco, A Florinda en invierno, a esa edad rechazaba el amor:
Al hombre mozo que te habló de amores
dijiste ayer, Florinda, que volviera,
porque en las manos te sobraban flores
para reírte de la primavera.
Después de aquello y luego de sanar las heridas, mi ex y yo hicimos las pases, y somos dos personas que nos queremos y respetamos mucho. Todavía, cuando a veces me llama o cuando viene a Cumaná a visitar a su familia, su primera palabra hacia mí es SORPRISE. De aquel tiempo solo queda esta canción y esta bonita historia que hoy les relaté...
HASTA AQUÍ ESTE RETO. NOS VEMOS EN UN PRÓXIMO RELATO