BESANDO SAPOS
En el post anterior les comentaba lo inquieta e independiente que podía ser. Con mi caminar apurado, mi cabello siempre al aire y una ceguera que no me permitía ver para los lados, daba la impresión de siempre ir a algún sitio como si me estuvieran esperando y yo fuera tarde. Pero toda esa impetuosidad cambió en un abrir y cerrar de ojos.
En aquellos años, ya tenía 16, sentí y sufrí uno de los dolores más terribles que un ser humano puede padecer: la muerte de un ser querido. Mi abuela, la que siempre me había arropado entre sus brazos, la consentidora, la del pañito mojado cuando tenía fiebre, la de hacerme las trenzas en el cabello para que no me cayera piojos, la de las muñecas de trapo, la de historias infinitas, la que nos cuidaba porque papá y mamá trabajaban, había muerto.
Fue así que en un despojo se convirtió mi vida. En unas ojeras que llevaba de camisa y como si estuviera siempre en misa, la cara larga y seria. En aquel tiempo comencé a caminar como si tuviera un zapato roto: lento, como si algo me pesara, como si arrastrara algo. Todos se daban cuenta que no tenía ningún zapato roto, que la rota era yo.
Como el caos, entonces, que envuelve todo adió, así se tornó mi vida. Mis padres comenzaron a padecer mi rebeldía de adolescente herida; mi alegría, hasta ese momento mi carta de presentación, se había vuelto un saxo de dos simples notas. La orfandad en la que me encontraba me hacía llevar mi propia nube gris a todo lugar que iba.
Si hay una cosa que saben hacer los adolescentes, es joder y yo como que al nacer había hecho una maestría. Recuerdo que mis antiguos, muchos, amigos, ya me fastidiaban y comencé a tener amigos mayores que yo y a escuchar música en inglés. Mi cuarto se volvió mi mundo y del que no me gustaba salir, excepto que fuera para salir a la calle. En él comía, escuchaba música (con mucho volumen) y por supuesto, era mi refugio para llorar. Lupita Ferrer quedaba detrás de la ambulancia conmigo.
Recuerdo que eran los días de Kaoma y su Lambada, de Madonna y su Isla bonita, de Milli Vanilli, de Volver al futuro II, de las hombreras y las cruces como zarcillos, y ya en ese momento, un rector y psiquiatra que aún no se le caía la máscara, nos había llamado la generación boba. Igualmente, las discotecas y minitecas eran los espacios preferidos para una juventud deseosa de drenar todo su ardor bailando.
En una de esas salidas a una miniteca, mis amigos mayores y yo nos quedamos conversando cerca de casa y entre las cosas que salió fue la de tener novio y los besos. Yo confesé que no había tenido novio y no había besado a nadie. Todos hicieron chiste con aquello y hasta a mí me hicieron reír. Al final de aquella conversación, cuando ya me tenía que ir, uno de ellos se ofreció para acompañarme.
Yo iba a la expectativa porque suponía lo que iba a pasar y así como lo supuse, cerca de la puerta de mi casa, mi amigo me dio un beso en la boca. Entre el choque de dientes, aquel beso me supo a refresco caliente, a chicle sin sabor, a escarcha en el ojo, a sopa fría, a cotufa vieja, a pan con agua, a blanco sobre blanco. Al final de aquella noche, ya en mi cuarto, seguía con la misma tristeza de siempre. Había recibido mi primer beso y no había sentido nada. La voz desgarradora de Sinéad O’Connor comenzaba a hacer eco en mí.
QUE TENGAN BONITO SÁBADO, AMIGOS