Cuando era una niña, entre las cosas que más disfrutaba hacer era ver televisión. En casa solo había un televisor que era grande, con una joraba descomunal en la parte de atrás, con 4 patas y que tenía una manía horrorosa de echarse a perder cuando el capítulo de la telenovela estaba más bueno, cuando iban a transmitir una noticia importante o sencillamente cuando llovía. ¡qué aparato para masoquista! solo se arreglaba si le dábamos golpes en la parte de arriba e incluso en la pantalla. Este televisor se encontraba en la sala de la casa y literalmente era el centro de encuentros familiares. Alrededor de él nos reuníamos para ver nuestros programas favoritos, reír, llorar, conversar. A los programas de esa época dedico esta parte que llamaré:
Pinocho no conoce a Galáctico
Cuando nuestros padres encendían el televisor y escuchábamos la canción de presentación de algún programa, gritábamos porque habíamos corrido con la suerte de verlo desde el comienzo. No había alegría parecida y dicha más grande que cantar las canciones de La pequeña Lulú, Funny Company (Vengan todos, vengan todos), El súper libro, Candy Candy, Marcos, Heidi y todas las de Hanna Barbera. Ahora que lo veo en la distancia: en esa época era fácil ser feliz.
Muchos de esos programas infantiles buscaban aleccionar, otros no tanto. Recuerdo especialmente a Pinocho. Cada vez que veía que a ese niño le crecía la nariz por mentiroso, largaba el llanto y no podía entender cómo él, sabiendo que le iba a crecer la nariz, seguía mintiendo. Y ahí estaban mis padres, metiendo miedo, creando el trauma: ¡Si mienten, les va a crecer la nariz como Pinocho! Y todas las noches, a escondidas, nos mirábamos en el espejo para ver qué tan crecidas estaban nuestras narices.
Dentro de otro grupo de comiquitas estaban las de súper héroes asiáticos. No eran las que más le gustaban a papá y a mamá porque terminábamos peleando, tratando de imitar los súper poderes de los personajes, pero ni modo: trato es trato. Estos héroes, masculinos casi todos, generalmente luchaban contra grandes enemigos, poderosos, horribles y descomunales, pero siempre salían airosos. Había una comiquita que nos encantaba y era Galáctico y la princesa Aurora. Galáctico era nuestro amor infantil. Él no solo era hermoso, chistoso, sino que tenía poderes especiales para rescatar, con la ayuda de Glotín y Giorgio, a la bella Aurora.
La vida transcurría en una ingenuidad tal, que una vez, montadas en una mata de guayaba que estaba al frente de mi casa, hablábamos de la mala suerte de Pinocho y qué se podría hacer para que no le creciera la nariz. En esa charla infantil, sentaditas en ramas diferentes, ya desesperanzadas y un poco angustiadas, una de mis hermanas soltó: “Sería bueno que Galáctico conociera a Pinocho para que lo ayudara”. Aquella tarde, entre el calor y los dibujos animados, ratificábamos una inocencia que era buena para ver el mundo. Hoy quiero escuchar esa pieza de Galáctico para recordar que una vez creí que existían héroes que luchaban y ganaban: