Aquellas ocho palabras me atropellaron sin ninguna consideración: mi respiración se agitó, el pulso se aceleró y la tristeza se volvió mi traje.
El café y su olor no contuvieron mi dolor. La música era ruido. Sólo estábamos tu recuerdo, esas palabras y yo.
La lluvia, escandalosa, llegó: ¡vengo a darte el golpe de gracia! Sabe que desde niño su caída y la oscuridad me entristecen. Pero, esta vez era nada el dolor que podía causarme, porque aquellas ocho palabras retumbaban en mi mente:
¡la próxima vez, no sé si llevarte rosas!