Estimados miembros de esta comunidad de Steemit, les saludo cariñosamente. Continúo con la serie de posts que abrí hace ya más de tres semanas con un texto en el que hablaba sobre la necesidad de que maestros y padres se convirtieran en lectores modelos si es que de verdad pretendían que sus alumnos llegasen a convertirse, a su vez, en lectores y querían superar la cantaleta cotidiana de solo reclamar una infancia y una juventud lectora sin llegar a hacer algo concreto para lograrlo. Acá me referiré a un aspecto que es capital en este proceso: el placer de la lectura.
Quiero agradecer la lectura atenta y los comentarios de miembros de esta comunidad al post anterior; me refiero a ,
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¿Placer de la lectura?
El tema del placer de la lectura podría parecernos algo raro, incluso para lectores avezados, para quienes la lectura es algo que hacen porque les gusta casi que de manera natural (alguna vez una maestra me dijo que era un «placer innato»). No es que el placer no esté presente en nuestras vidas: pensemos, por ejemplo, en el gusto que sentimos al comer nuestro plato favorito (una pizza, un pasticho, un pollo horneado), o el disfrute que experimentamos con nuestro postre preferido (un helado de chocolate, un quesillo, una torta tres leches). O al sentarnos a ver una buena película, o la serie de televisión de todos los lunes por la noche. Son cosas que hacemos obedeciendo casi a un ritual que seguimos rigurosamente, nuestro propio ritual, en el que priva la propia satisfacción y goce personal. Nos olvidamos del mundo –lo apagamos– para complacernos. Lo hacemos de manera automática y conscientes de que este placer nos hará felices, dichosos. Es algo que hacemos porque nos apetece, sin que se nos exija o imponga.
El ejemplo gastronómico no es gratuito, pues cuando les hablo a los maestros del placer de la lectura con frecuencia me preguntan: ¿y eso con qué se come?, que en venezolano no quiere decir otra cosa más que dónde está el sentido práctico de encontrar ese placer por la experiencia lectora, pues no logran verlo. Y esto pasa con mucha, demasiada frecuencia; es casi imposible que imaginen que se puede ser lector y disfrutar de un cuento o un poema de la manera que lo hacen con una de estas comidas; como si placer y lectura perteneciesen a dos planos contrapuestos e irreconciliables de la realidad. Y cuando en la audiencia tengo a un lector habitual, suele pensar que su gusto ha surgido espontáneamente –de manera innata, como dijo la maestra que ya les comenté– y no porque se le ha enseñado o porque el medio en el que creció y se desarrolló influyó en ello.
Hace poco, leyendo el libro Nuevo país de las letras (Antonio López Ortega, 2016), que recoge la historia de vida de 39 jóvenes escritores venezolanos, vi que casi el 100% de ellos reconocen una influencia en su entorno que los convirtió primero en lectores y luego en poetas, narradores y escritores de teatro (bibliotecas familiares, padres lectores o con profesiones cercanas a las artes y las letras, abuelos que contaban historias en la infancia...). Es decir, llegaron a ser escritores no por una circunstancia fortuita.
¿Qué hace placentero algo placentero?
Si volvemos al ejemplo del postre favorito –en mi caso, la torta tres leches–, me tengo que preguntar ¿por qué comerla es un placer para mí? Y debo responder que por tres cosas: porque me gusta, porque comerla no es obligatorio, y porque no se me exige nada a cambio o después de que la he disfrutado. Lo mismo pasa con la lectura. Veamos.
Escuchar historias es un placer para todo ser humano. Aidan Chambers afirma que conoce a gente a la que no le gusta contar historias, pero a ninguna que no le gustara escucharlas. Es un gusto, una inclinación, que nos acompaña toda la vida. Suelo poner como ejemplo a los maestros que asisten a mis cursos la situación en la que vamos en un bus y alguien está contando una anécdota de su vida, nuestra reacción inmediata será prestarle atención incluso si no conocemos al narrador ni a los personajes involucrados en la historia. Todos se sienten identificados con la situación. De manera que a los niños les gusta escuchar historias, y este puede ser el gancho para despertar su interés por la lectura.
La obligatoriedad que domina el ámbito de lo escolar también incluye a la lectura. Cuando usted convierte en obligatoria una actividad que incluso en principio es placentera, provoca el rechazo inmediato hacia esa actividad; es una regla universal y una conducta humana generalizada. Y esto pasa incluso con el sexo. Piense en qué haría si le obligasen a comerse la pizza o el pasticho a diario y en un horario previamente establecido, aun cuando no tenga que pagar por ello.
¿A quién se le ocurriría pedirle un informe sobre el helado de chocolate que acaba de probar?, ¿o un resumen del capítulo de la serie de televisión que ve religiosamente los lunes por la noche? A nadie, ¿verdad? Este solo hecho puede hacer que pierda el atractivo y deje de parecernos placentera una actividad. En la escuela suele ocurrir esto, no hay una posibilidad diferente, al punto que se le concede una importancia mayor a esa actividad posterior que a la lectura misma. Resultado: fracaso estruendoso.
¿Cómo enseñar ese placer por la lectura?
Lo primero que hay que hacer es revertir en la casa y en la escuela las conductas habituales que hemos descrito en el apartado anterior.1) Olvidarnos de que a los niños no les gusta leer (una afirmación muy usual entre maestros); al niño le gusta escuchar historias, y ese puede ser el primer gancho del que nos podemos aprovechar. 2) Dejar de ver la lectura como una cosa obligatoria, que hay que hacer porque sí o porque es parte del programa o de los contenidos; enseñe a disfrutar los cuentos y los poemas en sí mismos, de la manera en que lo haría con cualquier otra actividad que hace porque le provoca y ya está. 3) No asigne tareas para hacer después de leer un texto literario, enfatice los fines recreativos de la lectura, como un entretenimiento.
Desde luego, siempre está la interrogante que atormenta a todos los maestros:
Si hago esto, ¿cómo evalúo al niño?
El espacio de intercambio que se abre después de cada lectura nos permitirá evaluar las capacidades interpretativas de nuestros estudiantes, en el que formularemos preguntas que no le hagan sentirse evaluado o interrogado. De esta manera, el hablar de los libros se convertirá en una cosa natural y habitual, no forzada.
Finalmente quisiera insistir en un aspecto que no es menos importante, y es el que tiene que ver con el modelaje de una conducta lectora por parte del maestro. Ya esto lo dijimos, pero nunca será suficiente seguir enfatizándolo. En la comunicación didáctica el maestro se enfrenta con receptores muy perceptivos, que son capaces de interpretar aquellos aspectos que el docente comunica incluso indirecta e inconscientemente. Así por ejemplo, si tenemos un maestro que no muestra agrado y entusiasmo cuando va a leer un cuento a los niños, éstos interpretarán que no disfruta de la actividad, y esta será la conducta que modele en ellos. Por tanto no está demás asumir una actitud entusiasta, el rol de un maestro que disfruta la lectura.
Espero no haber alborotado el apetito de los lectores de este post entre tantos platillos y postres. ¡Hasta la próxima!