Monseñor Romero quiso hacer Justicia y la hizo, solo que al régimen que enfrentó no le gustó su prédica porque se puso del lado del pobre, iluminó el camino a la libertad y esto le costó la vida.
El mensaje de Romero encarnado en los valores del Evangelio se hizo vida en el Salvador y por toda América Latina. Su prédica sigue estando en aquellos hombres y mujeres que continúan la lucha por la libertad.
Ante los sufrimientos de nuestros pueblos, hoy más que nunca necesitamos de hombres como Romero, que den testimonio de santidad y de entrega en un mundo convulsionado, sobre todo hoy cuando la realidad del pueblo venezolano nos llama a gritos a vivir una fe profunda y verdadera.
Breve historia de la vida de Romero
Oscar Arnulfo Romero y Galdámez, nació 15 de agosto de 1917 en la ciudad de Barrios, en el oriente de El Salvador. Su padre un Telegrafista y su madre una mujer de oficios del hogar, de origen humilde y con una fe inquebrantable hacia el catolicismo.
Su padre desde muy pequeño le influyó el gusto a la música. Un dato curioso es que le llamaban “el niño de la flauta”. Además aprendió a tocar varios instrumentos musicales, entre ellos el piano.
A los 13 años ingresó al seminario menor, a los 20 fue enviado a Roma a estudiar teología en la Universidad Gregoriana y a los 26 años se hizo sacerdote.
En 1970, fue nombrado obispo y 7 años más tarde el Papa Pablo VI, le concedió el título de Arzobispo de San Salvador.
Hombre de pueblo
Romero siempre se caracterizó por ser un hombre de pueblo. Frente a la tensa situación política que vivía El Salvador. Propiciada por un régimen dictatorial que imperaba en la sociedad salvadoreña.
Frente a ese escenario, salió del cómodo despacho parroquial para ir a la calle a encontrarse con un pueblo sufriente. Como no había radio y ningún medio de comunicación, cuentan que colocaba parlante en un viejo jeep para anunciar la palabra de Dios en las comunidades y denunciar lo que estaba haciendo el gobierno contra el pueblo salvadoreño.
Se ganó el cariño de la gente, pero también las amenazas del régimen. Querían matarlo por lo que estaba haciendo. Pero lo importante es que el pueblo iba ganando conciencia ante la situación crítica que estaba viviendo.
Fue amenazado por estar con los pobres, con los más necesitados. Sin embargo, no perdió nunca el horizonte. Fue consecuente con el momento histórico que vivía El Salvador.
Mons. Romero supo llegar a su gente porque él se sentía pobre con los pobres, supo sufrir sus miserias porque él venía de una familia humilde. Acompañaba al pueblo desde su realidad sufriente.
Crónica de una muerte anunciada
Después de tantas amenazas de muerte cualquier cosa que ocurriera no era de extrañar.
Fue el 24 de marzo, a las 5:30 de la tarde, cuando sonó el disparo mortal. Monseñor Romero estaba en la capilla de un hospital celebrando misa. A lo mejor nunca se imaginó que sería su última eucaristía.
Ya se había tramado su muerte. Un sicario había sido contratado. Un tal Roberto D´ Aubuison de la derecha católica Salvadoreña con un rifle de mira telescópica apagó la vida de Romero.
De esta manera, Romero da cumplimiento a sus palabras: “una vida entregada sin miedo a darlo todo por la causa del Evangelio”. Su muerte, anticipada y claramente aceptada por él, ha sido un claro seguimiento a Jesús de Nazaret.
Hoy más que nunca necesitamos muchos Monseñor Romero que encarnen con su vida, el sufrimiento de los hombres y mujeres de nuestros pueblos. Esta vivencia de Fe debe hacernos ver el sufrimiento de la gente y no mostrarnos indiferentes.
La vida de Romero, es un testimonio de fe en tiempos de crisis, aún vive entre su pueblo, vive en todos aquellos hombres y mujeres que continuamos en la lucha por una sociedad mejor.
PD: Este escrito es un homenaje a Monseñor Romero, el Santo de América.