Debido al escaso servicio de transporte público que se presta en la ciudad de Barquisimeto, en el Estado Lara, Venezuela. La mayoría de los ciudadanos nos hemos visto en la penosa necesidad de montarnos en los denominados “ruta chivo”.
Los “rutas chivos” son camiones de carga 350 o 750 con barandas, que son improvisados como medio de transporte en la ciudad.
Hay dos factores que han influido para que este particular servicio de transporte se ponga de moda, entre ellos: la escasez de insumos y repuestos (cauchos, baterías, aceite) para que los chóferes puedan mantener operativa sus unidades y la falta de dinero en efectivo para que los usuarios podamos pagar el pasaje.
Si no hay buseta disponible y no tienen dinero en efectivo, preparase porque no le queda de otra que montarse en “ruta chivo”.
Una experiencia a la chivarnia
Lunes, 6 de la mañana, luego de una hora en la parada no pasan busetas ni rapiditos (carrito de 5 puestos). La angustia y desesperación por no llegar tarde a nuestros destinos se apodera de nosotros los pasajeros.
A la distancia se divisa la camioneta de Pedro alias “el bongo”, quien muy amablemente se ofrece como medio de transporte a cuento cristiano se aparece.
Pedro, es un agricultor que todos los días viaja de Barquisimeto a Yaritagua a llevar sus obreros para le asistan la siembra de tomate. Pero su camioneta es grande y siempre hay un espacio para quienes quedamos varado por falta de transporte.
La primera odisea consiste en subirse a la camioneta, con el temor de caerse, romperse los pantalones o llegar revolcado a la ciudad.
La segunda es aguantar el frió del amanecer o cualquier llovizna o chaparrón de agua que nos sorprenda en el camino. Sin contar que podemos ser retenido en las dos alcabalas que se encuentran el camino por exceso de pasajeros.
El tercer y último padecimiento lo vivimos a la hora de bajarnos, hay que anticipar la parada y lanzarnos en menos de 5 segundos. En el mejor de los casos, aprovechar la luz roja de semáforo para evitar ser botados lejos de la parada.
Finalmente, luego de tan particular travesía, no queda otra que agradecerle a Pedro con un gesto de mano alzada, sacudirse el polvo, peinarse, acomodarse ropa y llegar a nuestro destino con nuestra mejor cara.