A veces la cosa más valiente en todo el mundo era sentarte y sentir el frío en tus huesos. No se trataba de deslizarse por la montaña. No, ni siquiera un poco. En ese momento, el coraje no siempre era una cuestión de sí y no.
A veces llegaba en metros como la altura y, a veces, uno era muy valiente hasta cierto punto y luego, más allá de ese punto, no era tan valiente: le temblaban las piernas, la adrenalina corría por sus venas. No hubo ni una sola duda de que no caer requiere no solo la capacidad para equilibrar el cuerpo, sino también los pensamientos.