Sus movimientos corporales no parecían naturales, con el paso de los días y bajo el influjo de la droga que la Gran Madre le suministraba, su cuerpo se estaba modificando, había ganado musculatura y aumentado su potencia corporal en todos los sentidos, era capaz de moverse a gran velocidad y con una agilidad sin igual.
Lo que hacía llevar a su cuerpo a unos límites difícilmente soportables, le hacía gastar mucha energía y tenía la continua necesidad de alimentarse, cosa que cada día era más complicada, debido, sobre todo, a las bombas que habían destruido gran parte de la vida del planeta.
Por ello, Lidia seguía un rastro tras otro, siempre en busca de sangre, su olfato también se había agudizado y ahora era capaz de detectar una presa a gran distancia, sobre todo si ésta estaba herida.
Merodeaba por mitad de una ciudad, tratando de no ser vista, su actitud era más la de un depredador, que la de una persona. Estaba hambrienta, necesitaba probar la deliciosa carne de hombre lo antes posible.
Pero, ese día, creía estar de suerte, el rastro que estaba siguiendo parecía estar muy cerca y esa sangre olía deliciosa.
De repente, salió corriendo a toda velocidad, saltó por encima de unos coches abandonados, giró una esquina y se paró en seco, asustada…
Hacía mucho tiempo que no sentía el miedo, ese día todo cambiaría para Lidia ante lo que acababan de contemplar sus enormes y ensangrentados ojos.