Mi vocación Obscura
Estoy acostada sobre algo muy frágil: la memoria, donde me diluyo progresiva, bajo una persistente lluvia de reminiscencias, incoherente, indeleble, matizada entre claroscuros de los pormenores del ayer.
En la mágica humedad de un riachuelo, te percibo perplejo en su reflejo, me conecto con tu pecho en un latido, te confieso, no me importa ya entenderte, ¿qué importancia tiene para amarte? Pues en definitiva, el corazón no entiende de diatribas.
Te contaré a ti, oh mi vocación obscura, cómo es que llegué a este lugar geométrico y cómo tuve la afortunada coincidencia, de encontrarte en este punto céntrico, de mi conexión contigo.
Hace muchos esplendores, cuando aún ardían las sienes de los jóvenes océanos, llegué desde el espacio convertida, en una pluma de ligera consistencia, volátil, etérea, incoherente.
Pero a medida que la tierra me encerró en su caluroso vientre, fuime volviendo fuerte e invencible… tanto, que me volví un hemisferio violento del planeta, fervoroso, intempestivo, arrollador, pero debía canalizar mi fuerza, para no ser exterminada por el medio feroz de la supervivencia.
Por lo que me fui domesticando tras los días, entre puestas de sol y amaneceres, como los vegetales de las huertas caseras, y así poder entrar en un hogar gregario, refrescar mi rostro fatigado, y continuar por otros arreboles, desde el centro de la tierra que me dio un hogar en forma de semilla.
Pero no dependía de la tierra para sobrevivir, porque provengo de otros aeones, donde el tiempo anacrónico, circunspecto y parco en el lenguaje, me dio la libertad de elegir donde vivir
Yo la verdad no sabía que escoger, porque cuando el universo te vomita, no te quedan muchas opciones para decidir, aunque te entregan un boleto que te dice: “libre albedrío”, pero la mencionada libertad es una utopía, porque tienes tantas reglas que seguir, que es mejor decidirse por el movimiento oscilante del samsara y rodar por su rueda como un hámster, mientras resuelves que hacer con tu evolución.
Y entre retorno y recurrencia, fui creando estrategias sociales para sobrevivir.
Aprendí por ejemplo a convivir, entre las costumbres convencionales y a comportarme igual que mis hermanos los humanos. En un comienzo no le veía sentido a tal comportamiento, pero como quiera que somos animales de costumbres pronto me convertí en uno de ellos, común, trivial, y rutinaria.
Me convertí en uno de ellos por muchos océanos y riachuelos, transmutando auroras, lunaciones, eclipses, equinoccios y estaciones. Pero ya era hora de volver al punto de partida, donde además de ser sólo piel y huesos, también se cultiva el arte del espíritu desde donde siempre he sido y siempre lo seré.
Sé que formo parte de un poder mucho más grande que yo, el cual me responde cuando le pido, por lo que ahora es a mí, a quien le toca responder a su grandeza, desde el umbral de mi partida de vuelta hacia mis orígenes.
No podría marcharme sin reconocer mi gratitud por ti mi vocación obscura, cómo olvidar aquel momento fervoroso, cuando mis alas rotas no me sostenían y milagrosamente tus brazos se extendieron para salvaguardarme de la estrepitosa caída, tus manos me estrecharon con intimidad, tan sincronizado y preciso, Y desde ese día, me diste alojamiento en tu regazo.
Aprendí de ti la gracia de la empatía, sentí dolor por la pérdida de un ser querido, sentí decepción por la traición de un ingrato amor, disfruté de los placeres sexuales con la delicia de los orgasmos sostenidos, sentí alegría por la victoria de un amigo, la tristeza del vecino se convirtió en mi propia tristeza.
Todo eso y más prendí gracias a ti mi vocación obscura, que por cierto, te llamo obscura, no porque implique para mí una inclinación retorcida, sino porque tu transparencia refulge de entre las aguas de una cueva intraterrena, donde aparentemente no hay luz, pero que tu luminosidad emerge por encima de la más densa tiniebla, porque no eres de luz, eres la luz.
Ya es la hora de partir mi húmeda alegría, encontré la salida del ardoroso laberinto y me dispongo a ingresar a la espiral del nirvana.