Me recosté sobre mi cama, dormí y lloré también, me recosté porque sentí que no podía más, lloré porque exploté, dormí porque mi cuerpo esta agotado y agobiado.
Dormí y lloré porque durmiendo no pensaba, al menos no consientemente, pero me desperté y las lagrimas corrían por mis mejillas, el dolor que sentía era realmente inexplicable.
Mi almohada estaba húmeda de tanto llanto, sollozaba y trataba de parar de llorar, pero no podía, intente levantarme pero no pude, nuevamente me recosté y continúe, sumida allí en mis deseos de dormir y no pensar más.
Me asaltaban muchos pensamientos negativos, no podía sentir ni un rayo de luz que entrará por mi ventana, solo tenía frío, me cobijé pero el frío calaba hasta mis huesos.
Entonces me levanté y pensé: "Aislarse siempre será mas fácil, pero enfrentar cada reto que se presenta será más satisfactorio".
Finalmente me arrodillé y clamé; ciertamente no podía pronunciar palabra, pero sabia que el Espíritu Santo estaba intercediendo por mi, con gemidos indecibles.