Ávila Mágica. Caracas, diciembre del 2019.
Hola, lector. ¿Cómo te ha ido?
Si estás leyendo esto, es porque has sido invitado. Quiero compartir contigo mi trabajo, escrito con sudor y tinta, y que quizás podamos estar juntos en este trayecto que algunos llaman vida. Sería genial que estemos el uno al otro para apoyarnos, sin embargo, quizás sea necesario que nos presentemos mutuamente antes de empezar. Yo me llamo Diego Alejandro Torres Pantin.
Es oficial: he llegado a lo que se dice “el cuarto de vida”. A mi edad, se supone, ya se debe tener el título universitario, la vida enrumbada, la ingenuidad infantil superada y todo debe marchar perfectamente bien. Son condiciones de esta época: anteriormente, todo eso era incluso más joven. Pero he crecido entre la última década del milenio pasado y las dos primeras del nuevo, donde el mundo, económicamente hablando, se ha vuelto más complejo y competitivo. Y tomando en cuento que soy nacido y criado en Venezuela, la situación es más difícil todavía. Tengo 25 años.
Respecto a las condiciones mencionadas anteriormente: para tener mi título universitario solo me falta defender la tesis; la vida enrumbada, ni idea, en esto ando; la ingenuidad, supongo que sí está superada. No voy a negarlo: actualmente, no estoy del todo conforme con la vida que tengo, pero no me puedo quejar. Estoy terminando de sacar mi carrera, me he esforzado en lo laboral haciendo diferentes cosas, siempre ando averiguando de maestrías y becas. Tengo sueños que cumplir, lo que no tengo en este momento, es el dinero. Pero mantengo la esperanza: las oportunidades están allí, solo hay que mandar muchos correos antes de que aparezcan las adecuadas.
Han sido tiempos difíciles para Venezuela, pero creo que resistir y continuar luchando por salir adelante es una forma de resistencia. Precisamente por eso es que siempre he ido a las protestas. El Rosal, Caracas. Febrero del 2019.
No sé si lo haya mencionado: me he formado en la Escuela de Artes de la Universidad Central de Venezuela. Entré en abril del 2015. Solo me falta la defensa de la tesis, que se daría, espero y aspiro, en la segunda mitad del año. Supongo que tengo motivos para sentirme orgulloso: lo logré, pese a todos los inconvenientes, logré culminar todas mis materias en cinco años, sin retrasarme. Ahora, si el virus me lo permite, solo me falta hacer unas correcciones para marcar el punto final de esta etapa de mi vida.
La vida es una novela, pero con un pequeño inconveniente: tú eres el coautor de tu historia, no el autor. Es un trabajo creativo en el que muchas variables externas a uno mismo van marcando límites, aportando sorpresas –buenas y malas-, retrasando o adelantando procesos, y en general, escribiendo parte de la historia. Tenemos la posibilidad de decidir, pero somos humanos, no dioses: podemos controlar nuestras reacciones y acciones, más no tenemos el control de todo lo que nos sucede. Cada decisión tomada depende del contexto. Partiendo de allí, cada quien tiene que encontrar la forma de lograr una buena redacción del texto.
Escogí la carrera de Artes, en gran parte, debido a mi fascinación por la imaginación humana y sus formas de manifestarse. Desde la prehistoria, el ser humano ha utilizado mil formas distintas para representar los aspectos de su “Mundo”, más que lo que le rodea, la forma en la que lo ve. Es un aspecto que va entre lo externo y lo interno. Todas las civilizaciones han creado un acervo patrimonial que demuestra su poder creativo. Nosotros los occidentales tenemos una visión post romántica: hablamos de la autonomía de la obra de arte, de su conexión con la interioridad del creador y de su independencia de fenómenos como la política o la religión (grupos de poder).
Elegí la mención Plásticas y Museología: he visto la historia de manifestaciones como la pintura, la arquitectura, la escultura o la fotografía de Europa y América. Además, también me han enseñado cómo es el proceso de hacer una exposición, que si bien todavía no lo he puesto en práctica, pienso tratar de desarrollarlo más adelante. También vi de forma superficial a las demás artes en el ciclo básico. Mi sueño laboral es poder vivir haciendo periodismo cultural. Quiero utilizar todo lo que he aprendido en estos cinco años para poder conocer el mundo. Y quizás, algún día, tener mi propia revista. Entrevistas, crónicas, reportajes y ensayos sobre el mundo creativo, es esa la zona en la que quisiera desempeñarme. En estas andanzas he colaborado con varias páginas webs venezolanas, unas más reconocidas que otras: por algo se empieza.
Existen dos territorios en los que me muevo con comodidad: la literatura y la fotografía, tanto en lo práctico como en lo teórico. Para mí, los autores son maestros, amigos y hasta jueces: el fantasmagórico pueblo de Santamaría de Juan Carlos Onetti, los barcos tripulados por capitanes introspectivos de Joseph Conrad, las bibliotecas infinitas de Borges o las recamaras intimistas de Katherine Mansfield son algunos de mis lugares preferidos. Por otro lado, en el mundo físico, no concibo conocer un nuevo lugar si mi Sony 200 no me acompaña: es la maldición de la cámara, te hace enamorarte de la luz que embellece a la vida. Y también, los grandes fotógrafos me prestan su ayuda cada vez que la necesito, dándome consejos con sus obras: Luis Brito, Man Ray, Antolín Sánchez, Diana Arbus, Salgado o Steve McCurry.
Este tipo de milagros le dan sentido al acto fotográfico. Carnaval de El Hatillo, Caracas. Febrero del 2020.
Ya estoy terminando mi carrera, y hasta ahora, todos mis planes están escritos sobre humo: me estoy esforzando para transcribirlos al papel. Necesito darle más consistencia a mi futuro, pero en esta cuarentana, eso está complicado. La etapa de estar tocando puertas a través del correo electrónico es tediosa y angustiante, pero inevitable. Por eso es que tú estás aquí, acompañándome como lector, para poder formar parte de este vínculo recíproco que constituye el milagro de la escritura. Espero poder seguir teniéndote a mi lado en mis próximas aventuras.
Y tú, querido lector, ¿quién eres?
Diego Alejandro Torres Pantin.