Acostado en la cama pensando en mil cosas, recorriendo con una mirada aventurera cada espacio, cada rincón de esta habitación silenciosa, llena de recuerdos, de miles de batallas entre sábanas de fuego, objetos que cuelgan sin sentido, objetos que me transportan a la infancia, objetos sagrados, objetos que me llevan al teatro; de pronto visualizo una flota de barquitos de papel y me hago varias preguntas que jamás me hice, ¿Por qué tengo tantos barquitos de papel? ¿Por qué me gusta construir barquitos de papel? ¿Qué significan para mí los barquitos de papel? Mi mente inactiva comienza a tener una tarea, buscar el origen de este hecho y pienso que quizás vivir tan acelerado, no tomarse un pequeño tiempo para pensar, para viajar dentro de nosotros mismos, explorar ese ser que habita entre huesos, carne y sentimientos es una tarea que olvidamos y es tan importante, casi obligatoria, mirar adentro de nuestro ser, ¿Por qué dejamos a un lado nuestro ser? Será que tenemos miedo de nuestro reflejo, no sabría comprender a ciencia cierta esta variable que se repite en cada ciudadano que transita en esta selva de cemento.
Volviendo al hecho que genera mi atención; para comprender cómo esta práctica trivial, casi cotidiana de hacer barquitos de papel nunca había sido objeto de análisis, viajaré a mi pasado, saltaré a un lugar de mi infancia, exactamente me estacionaré en la celebración de un juego de béisbol. Observo gente que ríe, se abrazan, bailan, comparten en familia y entre miles de voces y un bullicio casi musical, se encuentra el Sr. Carlos Núñez, mi padre, examinando una cajetilla de cigarros, separando el plástico que la cubre, tomando los papeles de la envoltura y alisándolos con su rodilla, doblándolos, cada uno por la mitad, separa uno de ellos y comienza a doblarlo de diversas formas, logrando capturar mi interés de saber que saldrá de allí. Sin pensarlo mi padre construye un barquito de papel, en ese momento quedé impresionado, pues para mí no era mi padre quien hacia eso, era un mago, un mago que tomó un pedazo de papel y lo transformó en algo mágico, obviamente quería hacer y ser parte de esa magia, quería aprender cómo ser ese mago. Mi padre conoció mi intención y me dio el otro pedacito de papel sobrante de la cajetilla de cigarro para que hiciera mi primer barquito de papel. Fue un poco difícil, pues tenía que realizar un ejercicio de memoria y dar con la magia, pero entre tanto insistir al fin lo logré, claro, era un barquito que al parecer había perdido una batalla naval, pues estaba muy mal trecho, pero era mi barquito. Con el tiempo perfeccioné la técnica y mis barquitos de papel ahora eran parte de mis victorias. Mi padre sin saberlo clavó en mi alma un bello hacer, me regaló el arte de creer, de trazar un norte, una meta y depositarla en la construcción de un barquito de papel, dejarla que navegue y se vuelva posible. Entonces empieza a tener sentido el por qué tengo mi cuarto lleno de barquitos de papel, cada barquito es parte de mi historia y de mis metas por cumplir.
Es así como entre los pliegues de mis historias se anidan recuerdos en donde los barquitos de papel han tenido una importancia significativa, y en este propósito de darle respuesta a esta explosión de preguntas que me asaltaron de golpe, viene a mí otra anécdota, pero esta vez con mi abuela. Hace un tiempo atrás, mis padres estuvieron envueltos en una situación familiar difícil que los obligó a viajar a una ciudad lejana y dejarme al cuidado de mi abuela, mientras resolvían sus problemas. Mi abuela nazi, como le digo, por su carácter estricto, seco y distante; tenía reglas para todo, no me dejaba jugar como acostumbraba en casa de mis padres y menos me dejaba correr bajo la lluvia. Un día nublado que llovía intensamente, me escabullí hasta el patio, en un rinconcito debajo de una mata de guayaba hice un hueco, dejé que corriera el agua de lluvia hasta que lo llenará, saque de mi bolsillo varias barquitos de papel que había construido y los coloqué en el charquito de agua que se había formado, me quedé allí mirándolos con la mirada perdida, susurrando mis deseos en silencio. Mi abuela con su instinto peculiar de búsqueda dio conmigo y me regañó con una voz que retumbaba mis oídos, no le hice caso y me quedé con mi mirada en el charco y su voz empezaba a dibujarse con distorsión, en cámara lenta escuchaba sus regaños, me jaló el brazo de golpe con la frase "¿eres sordo?", Cuando reaccioné, solo atiné a decir: déjame estoy buscando a mis padres, quiero que vuelvan. Mi abuela me recogió en silencio, su mano tensa en mi brazo se soltó, me llevó adentro, me secó, no me dijo nada. Al día siguiente ella barrió el patio y mis barquitos quedaron destrozados. Al darme cuenta de eso lloré, ella entonces me dijo: ¡mira muchacho pendejo, deja la lloradera, a que te pego de verdad para que llores con ganas! Ahora que termina este segundo viaje a mi pasado puedo notar que los barquitos de papel representan una metáfora de la vida, están hechos para navegar en pocitos de aguas que nuestra manos construyen, son todas esas aventuras que debemos vivir y al final del día esa hoja de papel que constituyó la materia prima de su formación será vencida por el tiempo, dejándose caer hasta el fondo del agua, esto representa el término de un ciclo como es en la vida real, pero me gustara pensar que siempre existe la esperanza de que otro mago pueda construir nuevos barquitos de sueños y echarlos andar en un ciclo interminable.
Después de intentar darle respuestas a mis preguntas, siento que tengo el compromiso de darle gracias a la vida por toparme con este hacer, por estar en los momentos precisos, por tener un grandioso mago que me enseñó el arte de construir barquitos, de volver poesía una simple hoja de papel y darme algo en que creer. Es gratificante descubrir algo de mí que nunca me detuve a pensar y que hoy me sirve para identificarme, celebrar quién soy, de dónde vengo y hacia dónde voy. Hoy entiendo y comparto un pedacito de este misterio inescrutable de lo que somos. Hoy construyo barquitos de papel porque es una herencia, una herencia que incorporé en mi vida, que le di razón y valor espiritual. Este ritual inconsciente que ahora vuelvo consiente comienza por tener un sueño, un propósito, una meta, algo que quiero alcanzar, desafiar y volver posible, hago que cruce por mi mente, impregne mis sentidos, se vuelva fuego, se pasee por el corazón hasta llegar a mis manos que concretarán el hacer de ese barquito, luego tomo un bolígrafo y etiqueto mi sueño en el barquito, ya listo, lo observo, y lo lanzo a un charquito de agua para que recorra su destino. Entre barquitos y barquitos sigo edificando mi ser, empiezo a tener conciencia que el hoy es lo que importa, que el mañana es impreciso, que el futuro es la utopía de un payaso que no puede hacer reír a su audiencia. Un barquito de papel es una posibilidad, es el reflejo de nuestro niño que juega en su interior, que busca reconocer y explorar su universo para alcanzar la gloria de sus batallas. Ahora creo fielmente que es un buen momento para construir muchos barquitos de papel y anhelar esa evolución de nuestro cuerpo, de nuestra mente y de nuestro espíritu, anhelar tener control de lo que somos y de lo que seremos, sobre todo desear mirar más allá de la luz, escuchar más allá de los ruidos, sentir más allá de la piel y encontrar nuestro verdadero origen que es la clave de todo y es la llave que permite abrir la puerta a nuestra luz.
¿Te animas a hacer tus barquitos?
Esta hermosa niña es mi hija Azul, mi Victoria, mi barquito de papel.