Oriel Sierralta fue un reconocido anestesiólogo de la ciudad de Punto Fijo, también trabajó por unos años en el hospital militar de Caracas y se capacitó para dar clases en una universidad del estado por un tiempo. Tuvo buenos cargos en clínicas locales, tres matrimonios, cuatro hijos y una carrera virtuosa hasta quien sabe que año.
Supongo que el tiempo que no perdona y las situaciones fueron causando estragos en su vida, mujeres iban y venían mientras el éxito y el trabajo no faltaban. Pero cuando todo comenzó a declinar se acabaron las opciones y poco a poco, la vida de Oriel se fue transformando y para el día de hoy vive en el pequeño Pueblo Nuevo con su hermana menor y 9 perros de los que se hace cargo.
Cuando lo conocí, me llevé una impresión extraña: un señor de setenta y tantos, con duro carácter que como buen médico de la vieja escuela asiste al hospital todos los días con saco y zapatos bien lustrados a pesar del calor infernal del lugar. Nos hizo tres exámenes distintos escritos por él durante nuestro primer mes y cada vez que podía nos llamaba a revista médica con casos que a veces resultaban absurdos.
Con el tiempo comenzamos a sentir más empatía y aprecio por cada acción. Aunque era un tanto fastidioso, Oriel se aferra a la profesión y a la docencia para continuar sintiéndose útil y a pesar de que es muy querido y reconocido por ser el médico del pueblo y sus alrededores, a todas luces puede verse que en el fondo se siente solo y lo hace feliz compartir con nosotros a diario.
Todo esto se lo estuve contando a mi mamá en la primera visita que le hice luego de unas semanas, le hablé de sus historias, de como se esmera en el cuidado de los perritos y de la paciencia que le tenía por el hecho de que me recuerda a mi abuelo. A ella no le tomó ni 10 minutos atar los cabos y darme su conclusión: Oriel es el hijo mayor de María Thalía Sierralta, tía de mi abuelo, y por quien me pusieron el nombre.
En cuanto supieron la coincidencia decidieron ponerse en contacto, Oriel (izquierda) no dudó en desprenderse de su saco para enviarle una foto a su primo Cachi (derecha), quien le envió una de regreso para ver que tan bien estaba conservado.
Gracias a esto he conocido a muchos amigos de mi abuelo y mis tíos que viven en pequeños pueblos cercanos, de vez en cuando pasan a saludar al buen Oriel y a recordar sus buenos años tocando el violín en fiestas y el además está muy animado.
Fotografías personales del autor.