Imagen cortesía de Grupo Tortuga
Lo reconozco, mi teléfono es más inteligente que yo no quería aceptarlo, más bien me negaba a esa realidad pero me convencí del hecho que soy más bruto que una pantalla rectangular. El asunto es que ya es inocultable que mi cerebro tiene menos "apps" que mi celular, de nada me sirvió dedicar tanto esfuerzo para llenar esa masa gris que tengo entre las orejas con información que hoy en día es irrelevante, a casi nadie le interesa.
Correcto, empesando por el hecho que ahora les dicen "Smartphone" y yo sigo refiriéndome a esos aparatos como "celular", es decir, de la manera antigua cuando esos equipos tenian botones numerados, una pantalla más chiquita y una bateria mucho más poderosa. Ahora resulta que un smartphone cuesta más que mi casa incluyendo a los abuelos, tíos y mascotas en ese precio de valoración. Por otra parte, recordar o memorizar cosas ya no es relavante para el resto de la humanidad, simplemente tomas tu smart, "gugleas" y listo, información a la mano sin necesidad de dirigirte a una biblioteca o al kiosko de la esquina.
Por otra parte soy de los que les gusta interactuar cara a cara con mis amigos, visitarles, conversar con un café o una cervecita amenizando la velada, ahora este tipo de acción social es anticuada, la gente sólo quiere verse en en Instagram, Facebook o Whatsaap además de brindar con los infantiles emoticones. Hablando de emoticones, resulta que me hice especialista en escribir usando una lengua muerta: el castellano (mal llamado español), para enterarme que todo el mundo volvió al lenguaje comunicacional gráfico (jeroglíficos) ya que esa es la forma más "cool" de expresarse.
Definitivmente tengo que volver a la escuela para poder integrarme a este mundo donde los objetos valen más que las personas.