Los abuelos mexicanos contaban un montón de historias espeluznantes con algunos elementos frecuentes, lo más impresionante es que ¡No tenían internet! Todo salía de su ingenio. Una de sus narraciones destacadas es la de un charro que acompañaba a los solitarios en su viaje ofreciéndoles piezas de oro ¿Ya sabes de quién te hablamos? Ésta, es la historia del Charro negro.
El año pasado trasnochamos en el panteón de Naolinco. Te dejamos esa cápsula aquí: http://bit.ly/LaCantadaNaolincoR
¡Ahora sí! Como imaginarás, las leyendas tienen muchas variaciones y tan sólo en internet existen muchas versiones de un mismo relato, así que junta lo que mejor te parezca y quédate con eso…
La vida en el campo, para muchos, es una tortura. Arrieros soportan centenares de kilos sobre su espalda, se cortan entre ellos por accidente, pues no hay iluminación entre la hierba alta. Uno de tantos (algunos le llaman “Santiago”) se envalentonó para invocar a un demonio, pronto uno se apersonó en su casa y, lejos de intimidar al hombre, éste sonrió al ver que su magia funcionó. El trato fue simple, la vida del varón por más dinero del que pueda gastarse en dos vidas. Firmado el convenio, nuestro protagonista consiguió haciendas, ganado, mujeres, etcétera pero… Llegó el momento de pasar factura.
Aquél demonio le advirtió al contratante que debía cumplir su palabra o de lo contrario, el mal entraría a su casa la noche siguiente para arrastrarlo al infierno. Ya bastante más viejo, el jornalero que ahora vestía elegante y montaba un fuerte caballo, huyó a media noche creyendo que no sería cazado si llegaba a un templo. Todo iba bien hasta que el equino rechistó cerca de una cueva.
La peste sulfurosa anunció la aparición de la enfurecida criatura, éste sujetó al charro quemándole la piel, solidario, el caballo ayudó a su jinete con una feroz patada cesando así la agitación. Era momento de hacer un nuevo contrato, aquél diablillo le dio la oportunidad a su nuevo amigo de salvar su alma, para lograrlo, tendría que condenar a otra persona que compartiera su ambición y, debido a la fuerte unión que tenía con su mascota, ésta le acompañaría en su encomienda.
De ésta forma, el charro vagó por todo el país ofreciéndole riquezas a los solitarios, de subirse a la montura, habrían accedido perderlo todo. Es curioso pensar lo increíblemente parecido que suena a la tragedia de Fausto de Van Goethe. Por otro lado, según el investigador Johannes Neurath, la historia del Charro se habría originado en el centro o sur de lo que hoy es México, pero los wirárrikas fueron más allá, pues lo involucraron en el panteón de sus dioses llamándole Tamatsi Teiwari Yuawi, un dios ganadero que castiga a todos los que se enriquecen ilegalmente.