
Nadia Comăneci | ver ficha | ver fuente | collage
Montreal '76
Cuando tenía yo 8 años, me enamoré de una niña. Ella tenía 14. Era una atleta rumana que fue la revelación en las olimpiadas de 1976. Era perfecta; la mujer diez. ¿cómo no enamorarme de ella?
Hace tiempo la vi en una entrevista en la que dijo que a veces le costaba creer que hubiesen pasado tantos años, pues aún recuerda las rutinas "como si fuera ayer".
La historia me hace evocar mi primer torneo de ajedrez en el que participé a los 14 años. Recuerdo los detalles "como si fuera ayer". Agrego cuatro anécdotas emblemáticas de ese torneo.
Equipo Retrasado (Gambito)
El equipo de "atletas" que debíamos disputar la justa ajedrecística tenía que recorrer 14 kilómetros para llegar al lugar del torneo. Quienes coordinaban el transporte hicieron una estimación errada del tiempo y del tráfico, con lo cual llegamos tarde el primer día. Casi todos nuestros jugadores perdieron por tiempo.
En el tablero donde me tocaba jugar, ya mi oponente había realizado el primer movimiento y el tiempo que tenía yo para jugar la partida estaba casi agotado. Antes de comenzar mi partida, era obligatorio que escuchara las reglas del juego. Como vago rumor escuchaba yo aquel discurso. Mi atención estaba puesta en una sola cosa: la banderilla del reloj de mi tablero que ya comenzaba a levantarse. La única esperanza que tenía de no perder por tiempo era concentrarme en detener el reloj.
Me senté en mi puesto. Hice la primera jugada y apreté el botón, con lo cual se detuvo mi tiempo y empezó a correr el de mi oponente. Continué haciendo jugadas rápidas que seguían religiosamente el libro de aperturas. Había una jugada semiforzada que mi oponente ignoró. Era la única respuesta válida que lo salvaba de pérdidas. Él hizo otra jugada que lo exponía a grandes males. Comencé a presionar con juego ofensivo, usando su tiempo de reloj para planificar mi ataque. Al final, gané el juego y salvé una partida que estaba teóricamente perdida. Me sentí como un héroe anónimo; nadie me felicitó por la extraordinaria hazaña que logré completar.
Oponente Rudo (Fianchetto)
En otra partida, jugaba yo contra un oponente fornido que, curiosamente, golpeaba con fuerza las piezas en cada jugada. Era un espectáculo digno de observar. Parecía creer que la fuerza física tenía algo que ver con el éxito de la partida. Yo no podía evitar asociar lo que él hacía con una debilidad encubierta, pero no lograba encontrar fallas notables en su juego.
La partida continuó nivelada. Pasamos al medio juego sin evidenciarse quién llevaba la ventaja. Parecíamos dos gladiadores de iguales fortalezas.
En el momento menos esperado, el hombre fuerte cometió un error muy grave. Colocó su dama (la pieza más poderosa) en un lugar donde yo podía aplicarle una clavada, y capturarla en la jugada siguiente.
Ya era imposible que él pudiera salvar la partida, pero podía hacer una jugada defensiva y prorrogar su muerte por muchas jugadas más. En lugar de defenderse, el combatiente intrépido hizo una jugada ofensiva que precipitó su derrota dos jugadas después.
Mi última jugada fue una rara sutileza. Le ofrecí mi dama. Él observó, analizó y se dio cuenta de que si la tomaba perdía, y si no la tomaba también perdía. Movió su mano y, con violencia, tumbó su rey en señal de rendición.
Caballero duro aquel. Rudo hasta el final.
Peón Extraviado (En Passant)
Hubo un jugador al que no he podido olvidar, no por su brillantez sino por su indisciplina. Parecía que, al igual que yo, éste era su primer torneo, pero era evidente que le faltaba velocidad para adaptarse.
Lo vi sufriendo en el transcurso de la partida. Tenía problemas con las acciones básicas de una partida de torneos: Hacer la jugada sobre el tablero, presionar el botón del reloj, anotar la jugada en la hoja. Tuve que llamarle la atención porque a veces presionaba el botón que ponía a correr mi tiempo sin antes haber hecho su jugada.
Su desempeño en el tablero estaba lleno de precariedad. Hizo una jugada que significaba su derrota inmediata. Pensé en permitirle que se retractara de su jugada, pero luego razoné: "alguien que comete este tipo de errores no merece estar aquí". Así que hice mi jugada, dándole jaque mate y le extendí mi mano en gesto de final amistoso. El hombre se quedó largos segundos viendo el tablero como si no entendiera lo que había pasado. De pronto reaccionó, me estrechó la mano y me dijo: "Mucho gusto. Chucho Parucho".
Me dio la impresión de que ni siquiera entendió el gesto de extenderle mi mano. Él estaba como perdido, fuera de lugar, verdaderamente extraviado.
Golpes de Pecho (Zugzwang)
Bien sabido es que, en un salón de ajedrez, debe reinar el silencio, debe mantenerse a los jugadores libres de perturbaciones.
Jugaba yo mi partida en la que tenía sobrada ventaja. Mi oponente estaba con la mirada hundida en el tablero y la cabeza baja. Ya él estaba mordiendo el polvo. No había manera de que se levantara de la fosa donde yo lo había lanzado.
De pronto, se escuchó un griterío en el salón. Había una discusión al final. Yo podía darme el lujo de distraerme y enterarme del chisme. Parece que otro jugador ganó una partida y querían arrebatarle la victoria porque olvidó su identificación. Inesperadamente el jugador agraviado se acercó amenazante a mi tablero y le gritó a mi oponente, que era de su mismo equipo:
—¡Nojoda, Alexis, gana esa mierda!
Yo estuve a punto de soltar una carcajada, pero los ánimos estaban demasiado caldeados. Bajé la mirada y crucé los brazos. Mejor dejarlos tranquilos con sus lamentaciones y golpes de pecho. "Dejad que los muertos entierren a sus muertos".
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