Pintura y literatura, formaron parte de la vida del autor Khalil Gibrán, que, aunque nacido en el Líbano, crecerá en la America del Norte, viajará a Francia y volverá al Líbano en una etapa de su vida. Fue practicante del catolicismo maronita, influencia importante para entender su obra y pensamiento, aunque también se verá muy influenciado por el sufismo y el islam, en general. Formó un movimiento sociopolítico para confrontar la tiranía en oriente. Sus obras pictóricas y literarias —El profeta, El loco, En el jardín del poeta y El precursor, entre otras— pasarán a la historia.
Será alguien contradictorio, que afirmará que «el mundo es mi nación» pero optará por el nacionalismo Sirio, doctrina que defiende la formación de la Gran Siria, la separación de la religión del estado, la creación de un ejército fuerte y la igualdad de género y social. Esta doctrina ha tenido asociaciones con el Nacionalsocialismo Alemán, aunque también con el socialismo, sin embargo difiere de ambas en múltiples aspectos, muchos endémicos del mundo árabe, inexplicable para los de cultura occidental.
El loco representa gran parte del pensamiento y estilo de este artista libanés, que impregna en ella sus aprendizajes y reflexiones. Tal vez podamos encontrar mucha más cordura que la que hoy vivimos en cada rincón de este abstracto presente.
Termina la guerra y nace el loco
«Y en mi locura he hallado libertad y seguridad; la libertad de la soledad y la seguridad de no ser comprendido, pues quienes nos comprenden esclavizan una parte de nuestro ser.»
Le robaron sus máscaras, sus 7 egos, y así el loco logró librarse de sus ataduras. Publicada en el año 1918, año en que culmina la Primera Guerra Mundial, se trata de una historia corta dividida en varios capítulos o relatos —cortos—, donde, un hombre que se considera a sí mismo loco, reflexiona y habla sobre su experiencia.
Su relación con Dios, a quien venera, y su relación con el hombre, a quien aprecia y cuestiona, se hace explícita desde el comienzo. Busca la espiritualidad en el servicio y se cuestiona en su inseguridad interna. Se introduce en la soberbia del hombre y demuestra como el tiempo lo transforma en el objeto de otros.
La convivencia, incluso la familiar, es para él —el loco— una caja de pandora, donde se reprimen emociones ingratas. No se queda en esa visión, y mide el egoísmo del hombre, que siempre, ignorante de la necesidad ajena, vela por sus intereses.
La obra se conecta en dos elementos que se mantienen en cada relato y es la locura y sus egos o alter egos. La religión, tanto maronita como musulmana, forman parte de los historia, que inevitablemente generarán en el lector la necesidad de filosofar sobre ellas, pensar que aquello que denominamos demencia puede estar impregnado de perspectivas que nuestras convenciones han nublado.
En «El loco» el bien y el mal constantemente se confunden y todo lo que el hombre entiende puede ser relativo, donde queda preguntarnos si estamos atrapados en una camisa de fuerza o en una de dos reveses.