Foto de archivo personal
Ya hice las arepas y no hay con qué comérselas.
Les llegó la hora –pensé– tengo que dejarme de pendejadas, de tenerle lástima a estas bichas y torcerles el pescuezo. Es como dice Nietszche “Voluntad de poder”.
La galipava se puso frente a mí e hizo lo único que sabía hacer, giró la cabeza y me miró con su ojo preferido.
La otra gallina, que siempre fue más dócil, no asistió a mi llamado, salió corriendo y se metió en su escondite. Caminé sigilosamente, allí estaba tranquila y sentada, como una señora de respeto. Extendí el brazo para agarrarla, se engrifó, me iba a atacar; de su pico salió un sonido, un lenguaje universal que decía:
–Si los tocas, te mato.
Retiré la mano lentamente, eran seis.
Un poco más tarde regresé y tomé dos, estaban tibios, eran la solución perfecta para que mis arepas no se quedaran viudas.
Era una mañana de crisis, con las cuentas al mínimo, pero en nuestra casa se respiraba una alegría oval.
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SUERTE PARA TODOS