Posiblemente muchos de ustedes no hayan oído hablar de él, pero no les miento ni tampoco exagero lo más mínimo, si les digo que al rebuscar en ciertos cajones del baúl de los recuerdos, su rostro aparece ante mis ojos con la misma nitidez con que lo hacía en la pantalla de rayos catódicos del televisor, en aquéllas inolvidables tardes de domingo.
Recuerdo también el año, 1981, cuando su nombre comenzó a circular por todo el mundo, pues no dejaba de ser curiosamente novedoso que un psiquiatra, tanto de carrera como de vocación, se convirtiera en una auténtica leyenda de ese universo alternativo, terriblemente menospreciado y motivo de burla para el académico volteriano, que era lo paranormal: el doctor Fernando Jiménez del Oso.
Fueron muchos los programas, que bajo el título genérico de ‘La Puerta del Misterio’, ofrecieron una innovadora bocanada de aire fresco en una España cuyos sueños democráticos apenas comenzaban a bostezar, si bien todavía había una fuerte resistencia de algunos sectores, eminentemente ultraconservadores, que se removían inquietos en sus sillones, pistola y rosario en mano, dispuestos a exorcizar al ‘demonio rojo’, que se volvía a levantar y hasta tenía el atrevimiento de ocupar escaños en el Congreso de los Diputados y en el Senado.
Lo recuerdo bastante bien, primero porque siendo apenas un adolescente, siempre me habían atraído las denominadas ‘ciencias alternativas’ o ‘paraciencias’ y segundo, porque apenas un mes después de mi Jura de Bandera, siendo ya por tanto un soldadito español, el teniente coronel Antonio Tejero asaltó el Congreso de los Diputados al frente de un nutrido grupo de guardias civiles y el general Milans del Bosch, hizo lo propio en las falleras calles valencianas, sacando de los cuarteles a su División Acorazada.
Algún tiempo después de que el rey tranquilizara los ánimos de un país en el que a muchos lo que llevaban colgando se les puso de corbata –el mismo don Juan Carlos al que los podemitas actuales ponen de pantalla para tapar sus propias corruptelas- el doctor Jiménez del Oso, con su calva incipiente, su luenga barba de caballero legionario, las eternas bolsas de la Piedad remarcando unos ojos de inteligencia abrumadora y su voz grave, pausada y hasta diríase que entrenada concienzudamente en los laberintos más incognoscibles de la hipnosis, presentaba un documental realmente sorprendente, que habría de cambiar mi visión sobre el Arte: ‘Gasparetto’.
Fin de la Primera Parte
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