Según los denominados ‘ocho emblemas corriente’ del simbolismo chino, las hojas serían una alegoría de la felicidad.
Posiblemente más pesimistas, los occidentales no solemos pararnos a reflexionar en este tipo de circunstancias ni tampoco en el ciclo de muerte y resurrección que se corresponde con el paso de las estaciones.
Ciclo, que para diferentes culturas representaba los estados de iniciación por los que tenía que pasar el héroe en la realización de su mito personal.
Como en el Apocalipsis de San Juan, también las estaciones tienen su simbolismo oculto y diríase, que llegado el Otoño hay un ángel dispuesto a sonar la trompeta, como preludio para la próxima llegada del Ángel Negro de la Muerte.
Y entre el toque de trompeta del primer ángel y la llegada del Ángel Negro, como suele ocurrir con los enfermos terminales, hay un momento de gloria, un momento de explosión, de aferrarse a la vida con toda intensidad, antes de sucumbir en el holocausto del adiós y regresar al polvo de la tierra.
Esa es, precisamente, la visión del Otoño que me gustaría compartir con todos vosotros: esa explosión que preludia el principio del fin y que, comparativamente hablando, los pintores de todas las épocas llamaban ‘explosión de gloria’.
AVISO: Tanto el texto, como las fotografías que lo acompañan, son de mi exclusiva propiedad intelectual.