Turín-turan bailando va,
menea su cabellera de doble tonalidad.
La-la, la-la, ahí está,
la chica de bello zarandear.
Turín-turan danza sin necesidad de melodía, lleva dentro de la armonía, sus pasos siempre son largos, aunque puede hacer algunos de corto espacio. A veces se para en dos manos, como si fuera un simio de malabares bien logrados, Macaco se entusiasma y la aplaude desde la banca.
Un día entre tanto baile, llegó a un planeta de tomates, estos se molestaron por los pasos, que hacían mover el piso recién fertilizado.
―No bailes de forma exagerada, harás que los nutrientes se vayan― a Turín-turan esto le hizo gracia, porque sus pies no saben andar de manera calmada.
Se subió en unos troncos, que ascendieron con su contoneo hermoso, llegó hasta la cima de la montaña, donde el sol subió más y lanzó una cuerda para que escalara. Trepó con movimientos graciosos, los tomates observaban todo, cuando llegó al astro se vio una chispa incandescente y salió volando un objeto resplandeciente.
Cuando Turín-turan al suelo cayó, abrió un hueco donde impactó, de los tomates más no se habló, seguramente gracia no les hizo este temblor.
Días después se observó un dinosaurio, paseando entre estrellas y astros, con un balero iba jugando y pude notar que era el planeta que Turín-turan había agujerado. Se sentían risas de tomates, seguro están felices con su nueva fase, mientras tanto Turín-turan sigue campante, alegrando el piso con sus pies danzantes.
Fin
Copyright © 2019 Margarita Palomino
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