¿Hay poder en el humor?, es una pregunta que evadí por muchos años, no quería aceptar que lo hubiese porque me parecía totalmente estúpido que alguien se tomara en serio cualquier chiste, curiosamente solo me estaba poniendo una soga al cuello que impedía que tuviese un poco más de perspectiva a la hora de analizar el efecto tan gigantesco que un chiste puede tener en la sociedad.
En términos simples podríamos decir que sí, existe cierto poder. Odio admitirlo pero personalmente creía que el humor era solo eso, humor, y que no debía ser tomado con mucha seriedad, pero cuando vemos monólogos tan íntimamente elaborados a partir de la sociedad latinoamericana como La Pelota de Letras o con la cultura y sociedad venezolana como la mayoría de monólogos de Emilio Lovera, empezamos a entendernos un poco más, todo en harás de hacernos reír, claramente, pero para bien o para mal nos hace pensar, nos hace hacernos preguntas de cualquier tipo, generamos conciencia o aplicamos la conciencia que tenemos sobre los temas que se pueden tocar bajo la lupa del humor y eso, desde cualquier perspectiva, es poder, sin mencionar la crítica que se hace desde el propio chiste.
Ahí fue cuando entendí que mis prejuicios eran precisamente eso, prejuicios que no tenían ni pies ni cabeza ya que eran infundados y partían desde esa corrección política que se ha cultivado hoy en día en Internet y que tanto aborrezco (y que personalmente lo veo como la nueva Yihad internetera), dándome a entender que el humor, desde el ángulo de esa misma corrección política y en especial al que tanto atacan, el humor negro, era “poderoso” porque oprimía o desvirtuaba la lucha de ciertas minorías sobre las que se basan los chistes, llámense negros, homosexuales, enfermos mentales, personas con alto riesgo social y demás comunidades que por cientos y cientos de años han sido oprimidos o echados a un lado. Antes de encontrar un contra argumento eficaz a esta tesis preferí cerrarme y crear prejuicios a este concepto tan nefasto que solo sirve para censurar, esto no me sirvió de nada ya que a la hora de debatir por qué es bueno o no el humor negro solo me defendía con ideas vacías, planas o ya de paso estúpidas, creando a su vez más rechazo hacia esa postura en un círculo vicioso sin final.
Una vez más mi ignorancia y prejuicios se crearon en rechazo a la ignorancia y prejuicios de otros, especialmente de ese colectivo que quiere destruir con falacias y hombres de paja a diestra y siniestra algo tan poderoso y positivo como es el humor negro y, en casos más extremos, humor de cualquier tipo que “atente” contra su agenda política.
Yo respeto a todo aquel que se ofenda por un chiste pero, sin darse cuenta, está cayendo en esa misma camisa de fuerza en la que hemos caído todos al no querer ver más allá del mismo. En términos prácticos para la persona que se ofende un chiste de humor negro tiende a ser ofensivo porque toca una fibra muy delicada y es, precisamente, el dolor, las penurias, los problemas y, grosso modo, cualquier problemática que atraviese una persona, una “raza”, un colectivo, una minoría o una persona, sobre todo si esta problemática le puede causar la muerte (de allí el término “negro”).
Desde el chiste de los judíos en el cenicero hasta el del niño ciego que tira la sopa porque su mamá le dice que si la tira “va a ver” todo chiste negro, para que este sea negro, debe tener una carga social o de conciencia (una problemática social o personal) que involucre un tema grave y, a su vez, para que te de risa debes entender esa carga que tiene. En pocas palabras, para que te de risa un chiste negro debes saber que eso que se cuenta está mal y ahí es donde radica el verdadero poder y la gracia del humor negro, satirizar los problemas de la sociedad como pueden ser el clasismo, el racismo, la xenofobia, la homofobia, la hambruna y demás, como una crítica hacia esto mismo. Como dice Valentina Ortiz “para reírte de un hecho dentro del humor negro, necesariamente y como requisito debes pensar que ese hecho está mal”.
De no ser así no podrías entender el chiste de los judíos en el cenicero porque obligatoriamente no sabrías que a los judíos los cremaban y esparcían sus cenizas desde las chimeneas de los campos de concentración durante la Alemania Nazi. Y en caso de no asociar una cosa con la otra, mucho menos te debería causar gracia o, en su defecto, ofender.
Y ahí es donde caemos en los benditos relativismos, tanto buenos, como malos. Como dije antes, una persona que se ofenda por un chiste negro se le debe respetar y está en su derecho de ofenderse si quiere porque es algo que ve mal, que no puede tolerar, precisamente porque su moral y convicciones le impiden reírse de aquello. Pero una cosa es que a ti no te guste y expongas tus razones por las cuales a ti no te gusta (razones morales más que todo) y otra cosa es atacar a la persona en si porque consideras su humor como un acto violento o de racismo o de clasismo o que se yo…
Cuando ya intentas censurar basándote en falacias como que “hacer un chiste clasista te vuelve clasista” ya caes en tomar tu moral y aplicarla a los demás o peor aún, aplicar tu moral en un chiste cuando precisamente el humor no tiene límites porque carece de moral. La sátira y el humor es ficción, por eso es tan bueno a la hora de enviar una crítica o un mensaje en pro de despertar la conciencia, es una herramienta igual de efectiva que cualquier otro medio de entretenimiento, llámese películas, videojuegos, etc.
Caer en la idea de que un chiste negro es violencia y por lo tanto debe ser censurado es caer en la misma falacia que cayeron muchas personas que quisieron quitar Doom de las tiendas de videojuegos de toda América porque los jóvenes que perpetraron la masacre de Columbine se la pasaban jugado el popular juego. ¿Existe el poder de influenciar de cierto modo a enfermos mentales para que hagan los actos más bajos y ruines?, no hay duda de ello, pero en ese sentido entraríamos en la idea de que cualquier cosa, por más inofensiva que esta sea puede ser dañina porque influencia la mente de unos cuantos trastornados.
La interpretación y, debido a esta, las acciones que cualquiera pueda tomar en torno a una película, a un videojuego o a un simple chiste no es responsabilidad de quien lo hace o de la obra en sí.
Así como de la naranja mecánica salieron en la vida real bandas juveniles que perpetraron la violación de Alex al son de Singing In The Rain, también han salido documentales y lecturas más que geniales en pro de entender lo que el autor de la obra quería advertirnos en un futuro. Todo depende del ojo con el que se mire, si alguien es tan enfermo como para querer quemar judíos, matar a 40 personas a lo GTA o causar una masacre en un cine disfrazado del Joker, no culpes al autor de la obra en la que ellos se inspiraron y, mucho menos, culpes a la obra en sí. Un chiste, por más negro que este sea tiene el poder de despertar en el individuo cosas muy buenas (partiendo desde la crítica que anteriormente se habló) o cosas sumamente nefastas y horribles, pero jamás un chiste tendrá el poder de generar, obligatoriamente, esto último en las personas.