Otro día más esperando que lleguen los productos regulados a “los chinos”, y para ganar tiempo, vamos a lavar donde mi hermana. Mi lavadora no sirve y de los repuestos ni hablar, no se consiguen y si los hay, pues los costos son muy altos.
Mi hermana con su infinita bondad dice que no hay problema, que vaya a lavar allá. Mi hijo pone la ropa en la lavadora y, sorpresa: se va el agua. El tiempo transcurre y las decisiones van de la mano con las circunstancias, que si debo esperar a que llegue el agua o irme a hacer otras tareas. Tampoco llega la harina a “los chinos”.
Tanto a mí como a miles de venezolanos la cotidianidad se nos convirtió en algo tan impredecible.
No sé si estamos aprendiendo otras formas de lidiar con los tiempos o desaprendiendo lo que sabíamos que podíamos hacer con ellos.
Y todo se ha convertido en una sorpresa.
Mientras espero, el malandro de la cuadra se mete a robar en el taller de mi cuñado. Lo sacan y siguen trabajando sin que el hecho se particularice. Un intento de robo más sin consecuencias.
Lo cotidiano se volvió impredecible y seguimos esperando.
Por supuesto no faltaron las dos cervezas frías que me brindó Dalila.
Empezó la feria.
Berta Ramirez - Febrero 2018